miércoles, 14 de enero de 2009

Carolina Otero...caserío del color, por Elizabeth Schön


Carolina Otero ha expuesto en ciudades distintas: Oslo, París, Nueva York, obteniendo una resonancia muy especial al hacer de su arte una especie de "caserío del color". Le doy este calificativo porque es a través de la lectura de sus formas, donde asimilo el libre desarrollo de un lenguaje expansivo, fulgurantemente variado al acarrear consigo la múltiple riqueza de las gamas, estableciéndose por consiguiente en agrupamiento orgánico de vital y enérgica movilidad. Además, y por afinidades nuestras insospechadas, descubro en sus collages una actitud creadora novedosa frente a la utilización del color, y la capto al percibir la integración viva, cabal de un elemento enlazado a otro elemento sin que cada uno pierda el poder de ser forma dentro de otra forma adyacente. Y así contemplamos como cada recorte de papel, cada lamparón, trazo, rasgo, se enlazan a lo fragmentado del collage sin que ninguno de ellos lo impida, como el agua cuando entra en la ribera y llega hasta la raíz más honda. En cada collage se forja una homogénea e inquieta coherencia unitaria: una realidad vibrante llena de sorpresas y lejanías inesperadas.

Carolina Otero expone estos collages en la muy grata y acogedora Galería Félix. Ella se nos presenta semejante a un atardecer pleno de un cromatismo enriquecedor que vive dentro de sí misma, esperando la irrupción de sus vivencias creadoras, vitales, para que emerja el rojo, el blanco, el azul y pueda la presencia de sus formas nacer, repercutir con la energía y la fuerza de un peñasco rodando mortalmente hasta encallar en las pantanosas aguas destructivas. Esto es fácil contemplar en el collage construido verticalmente como si la presencia de una negrura redonda se deslizara en avalancha totalmente nefasta.

Tales conclusiones me recuerdan lo dicho por Martín Heidegger: "la palabra es la casa del ser". En la exposición de nuestra dinámica pintora, su color se nos convierte en palabra donde habita aquello íntimo, nunca visible para la mirada, pero que permanece como pulso incesante que abarca cada una de sus collages. Es un pulso existente y por tal vivo en cada parte de los enlaces de un fragmento con otro fragmento, yendo ambos hacia algún lado del collage o quedando ahí, como un todo preparado para entrar en el alma de cualquier espectador.

Carolina trabaja lo horizontal y lo vertical. Eligió la madera como apoyo estructural para sus vivencias creadoras. La madera aquí, “¿acaso es un árbol que al ser madera deja de ser árbol?”, como dice el poeta Antonio Trujillo en su hermosísimo libro “taller de cedro". En otra página del mismo libro, también encontramos la siguiente frase: "La madera / de un lugar / encaja en otro / cortas / y todo une / Un trozo basta / y nada se pierde". Viene entonces a mi memoria una frase de Vicente Huidobro: "el mundo se desplaza de rosa en rosa". Sólo que "El mundo" pictórico de Carolina no arrastra consigo el dolor que deja una rosa al herir su espina, o el aroma que posee espontáneamente como una fresca brisa de callejón o el desprendimiento de sus pétalos indicando un fin sin retorno alguno. Esta frase conlleva un determinismo calificativo que casi obliga a hacer de esos aspectos de la rosa, los que imperen en la vida. En Carolina el desplazamiento de su devenir plástico en lugar de contener tal determinismo, lleva dentro de sí la certeza del enlace, la seguridad de que los elementos colocados por ella, en repercusión de vida y existencia, se enlazan diestramente para transformarse y obtener así una nueva presencia vital. Es así cuando vemos en uno de sus collages, un cúmulo con sugerencia de blancura montañosa, aunada a través de un sutil trazado igualmente blanco y que entra suavemente en un cubo de azulada oscuridad junto a la lisura de una porción llena de un gualda y un amarillo claro, allí, como de naciente sol.

Los colores en la naturaleza son consecuencia de la conjunción interna de cada planta o árbol. En la pintura, en este caso la de Carolina, sus colores responden más a la intensidad vivencial de un rojo, de un blanco, de un ocre. Lo que implica que en la naturaleza el color se da a través de la propia naturaleza, sin depender de esa inquieta necesidad creadora que llevan consigo los verdaderos artistas. De allí que sus colores contengan una especialidad: contener lo que la autora evidencia como visión de vida y de existencia.

En el bellísimo collage titulado "cadencia" sus gamas se hacen formas libres. Viéndolas, pareciera que una brisa muy potente quisiera arrastrarlas hacia afuera, pero ellas como son formas plásticas, quedan allí llevando consigo las menudencias y sutilezas que pueden encontrase en el fragmento de un papel con un color que sólo puede existir a través del requerimiento exigido por la autora. Además, en este cuadro se observa un movimiento casi ondulatorio, que empuja a romper los límites del collage, pero quedando firme la imagen plástica en tanto la fuerza móvil se percibe como queriendo acaparar lo que a lo lejos, el devenir propone. Esta fuerza móvil, es invisible y tal vez por ello se mantiene dentro de la pasión que tiene la espontaneidad plástica puesta aquí, como en una especie de danza de interminable acaecer plástico.

Y son sus componentes creadores el acrílico, el pastel óleo, la tiza, los que dócilmente se entregan, poniendo frente a la vista una armazón viviente de motivos distintos, pero que reunidos mediante todos esos componentes nos dejan el aroma ya no de una rosa, de una puerta, de una escalera. Nos propone la integración de una unidad donde cabe desde la baranda hasta el abanico pequeño, que abierto, es señal de luz, claridad, alegría, sufrimiento y tragedia, como siendo una sola presencia la que imperara, llevando dentro, todo cuanto pulsa en el alma, en la realidad, aun en los espacios invisibles de un fin sin límites ni ordenamiento.

Unos colores como estos, expuestos hoy en la Galería Félix, nunca puedrán retornar a lo que fueron antes, o a lo que serían si lograran ser otros. Allí quedan, intactos, frescos, por ser una de las señales permanentes que Carolina clava al sellar el color y éste quedar para siempre igual, tal vez semejante a un astro que jamás concluyera.

Elizabeth Schön

El mes de enero...


El mes de enero (JANUVARIVS), toma su nombre del Dios bicéfalo Janus. Este era el Dios de las puertas, portones, principios y finales -razón por la cual se lo ve representado en tantas puertas-y como enero es el mes que abre el año se honró a dicho Dios nombrando al mes que abre el año.

Aunque en el calendario romano el año se iniciaba en el mes de marzo, el emperador Julio Cesar de acuerdo a la tradición mística alejandrina, colocó el inicio de laño solar en el 1 de enero. El dios bifronte Janus (en latín puerta), era el dios de los comienzos y el de las dos caras, un viejo con una vara en la mano miraba hacia atrás mientras, del otro lado, un joven dirigía su mirada hacia delante con una llave en la mano. Dentro de esta simbología, el año pasaba a tener dos periodos de seis meses, de enero a junio (solsticio de verano) y de junio a diciembre (solsticio de invierno).