martes, 12 de agosto de 2008

La huella que alumbra...fotografía de Carlos Puche por Elizabeth Schön


Una de las características de la fotografía es lograr que la imagen fotografiada, no pueda variar de situación, ni de tiempo, ni de espacio. Hecho que hace al arte fotográfico conquistar lo tan difícil de hallar: la permanencia. Ella es como una huella que alumbra el mejor de los nacimientos, aquél que nunca deja de ser nacimiento, o aparecer sin roturas temporales. Entonces es espejo múltiple de lo que fue y sigue siendo igual. Así, el instante en que el lente toma para sí un aspecto determinado de lo exterior, ese aspecto queda imposibilitado de cambios, movimiento. La fotografía provoca mediante la imagen, una inmovilidad temporal, espacial; ni el uno ni el otro se pueden alterar, porque el dinamismo espacio-tiempo le fue arrebatado en el momento en que el lente hizo suyo un fragmento, aun el más insignificante, de lo circundante, y porqué no de lo remoto; quedando el instante sujeto a un irrompible estatismo. El devenir a que está sometido lo existente y vivo, en la fotografía queda inmóvil, ocurriendo un suceso sumamente hermoso y mágico: Al esplendor, a la penumbra de estas neblinas, de estas lunas, de los tonos que admiramos en la exposición, no le invade el desgaste, el deterioro que la temporalidad y lo espacial incrustan en la casa, en el traje, en la cayena y la semilla.

Lo retratado propone una realidad incambiable, independiente de las transformaciones que le ocurre a cuanto nos circunda. Hay que detenerse. La fotografía como creación del hombre lleva consigo la mejor de las condiciones estéticas: dentro, en lo más íntimo de las texturas de espacio y tiempo de esta exhibición fotográfica, bulle un latir comunicativo que nos permite descubrir en esa aparente quietud, un habla silenciosa de neblina, troncos, montañas, que plenan la interioridad de la imaginación sensible del pensamiento como una inmensa cumbre de las más variadas cuestas y más hondas cavernas.

Encontramos en esta bellísima muestra dos lenguajes; cada uno con su propia visión de cómo se asimiló en la fotografía lo que ambos artistas atisbaron a través del lente, lo que había de insospechado en la fronda, en el cúmulo, en la vegetación y la venida alumbrada.

Carlos Eduardo Puche, es uno de los grandes pioneros de nuestro arte fotográfico, lo dice la excelente crítica María Teresa Boulton en su fundamental libro: “Anotaciones sobre la fotografía venezolana contemporánea”, además Carlos Eduardo Puche es el gran renovador de la fotografía, supo introducir en lo inmóvil de la imagen, el movimiento cinético nunca antes visto. Llamó a estas propuestas de sus fotos: “Kinópticos”. Ahí la imagen se injerta a un movimiento que la imagen por sí misma, no contiene y que adviene debido a que las varillas colocadas a una distancia de la superficie de ella originan estas transformaciones de lo fijo a lo móvil, de la faz de la imagen inmóvil a múltiples facetas que antes nunca tuvo para sí. Hermosísimas son las neblinas que hoy contemplamos. Su textura de penumbras, oscuridades, lejanías y cercanías, parecieran haber sido hechas por la mano de un pintor cuyo pincel dejó inscrito en el papel, el tiempo de un instante que nunca podremos captar si no lo vislumbramos como aquí en las neblinas de Carlos Eduardo Puche.
Margot Hernández, desde su adolescencia le asombro mirar como de las aguas del revelador surgía el motivo fotografiado. Tuvo el hallazgo de ser discípula de ese gran sereno maestro que es Carlos Eduardo Puche. Con ahínco y dedicación ella eligió la cámara y se dedicó por completo a este arte tan especial: arrebatarle a lo exterior lo que para el público es invisible.

Para ella, el arte de la fotografía es integrar sin violencia ni agresión, la luz a la sombra, la oscuridad al esplendor, la penumbra a la claridad. Eligió como imágenes, a la luna, al sol, a la ciudad, a la montaña. Su lenguaje limpio, posee la transparencia del agua cristalina dentro de la copa. Su espacio lo concibe mediante lo horizontal, lo vertical y el círculo como lo que aúna las más hondas raíces de sus matices. Cuando miramos la fotografía donde priva la negrura como un sedaje de vibrante intensidad, arriba, la luna, es un cerco de esparcimiento luminoso y el apoyo que la sostiene está en la parte inferior de la fotografía donde una pequeña cruz más luminosa que la blancura de las nubes, pareciera controlar, aun por su pequeñez, la dimensión de esplendor y oscuridad que cerca como la confesión íntima de los ciclos que la luna origina sobre la naturaleza, el ambiente y en el hombre. Margot Hernández, se adhiere a estos ciclos lunares semejante a ese mandato que inserta en la vida, los cambios diferentes en nuestra vida diaria y de la tierra.

A la luna también la admiramos sola, cercada de una negrura tan inmensurable que nos da la sensación de poder tomarla y dentro de ese mismo circulo esplendoroso que la sostiene, oír o adivinar el destino a que estamos sujetos.

No sé si fue un propósito de la artista, tan artista como la mejor artista, querer que el público distinga entre la luz de los astros y la luz hecha por el hombre. En sus fotos la presencia de las diversas intensidades luminosas nos conducen a percibir un contraste (tanto polícromo como en blanco y negro) entre la espacial y la de una avenida. En una fotografía cuya hilera de pequeños globos de un brillante casi anaranjado y que relumbran ocultando su cuerpo de bombillo, se sugiere una diferencia de intensidad extensiva entre el esplendor abarcante de la luna, el sol y el reflejo de esa hilera de globos encendidos entre las aguas oscuras del río. Nos asombra, nos conmueve hondamente la fotografía de un mar cuya fuerza esplendorosa del sol siembra sobre la planicie del oleaje, un plateado, que no es plateado, porque es el sol con su fulgor entre las aguas de un mar que lo recibe quietamente sin oponérsele. Contemplamos otra fotografía donde del mar siendo mar se convierte en una textura inmensa de madera que se interna en la profundidad de la noche, tal vez buscando en lo más distante, un apoyo para instaurar allí, las arenas que sólo contienen lo vivo del mar. Esa textura es de un color semejante al de la corteza arcaica de un árbol, pero con el hallazgo de poseer íntimamente lo desconocido y manso de las aguas marinas.

Margot Hernández, nos propone mediante la fortaleza tal vez instintiva y primaria de lo negro, lo esplendente de toda luz, la integración de los elementos naturales con lo lejano, espacial. Un ramaje nacido de un digamos Samán, en la fotografía de Margot Hernández se tiende hacia la luna y la toca dando la impresión de que la luna estuviera junto al ramaje, y no allá en la lejanía de los cielos. Y es natural que descubramos esta sutil cualidad artística. El que busca la integración no puede utilizar lo agresivo y violento. Su espacio es unidad y no rotura. La montaña en su lenguaje fotográfico, es montaña oscura de la que parten dos verticales más oscuras aun, de árboles y hojas pero engarzados por intensidad de raíz a la negrura que envuelve a la fotografía, como siendo un secreto de palpitante existir intemporal.

Cada espectador, al mirar tan pulcra y limpia exposición debe sentirse satisfecho que en un tiempo desquebrajado y vulnerable, encontramos una expresión de sutiles y calladas presencias, donde la fronda no es ajena a la nube, ni la avenida se halla distante del sol.
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Elizabeth Schön

martes, 5 de agosto de 2008

El mes de agosto...


Así como el emperador Marco Aurelio le dedicara el mes de julio a Cayo Julio Cesar, el mes de agosto se lo dedicó a Cayo Julio César Octaviano Augusto (en latín, Caius Iulius Caesar Octavianus Augustus) para conmemorar su muerte acaecida justamente el 19 de agosto de 14. Octavio nunca quiso que lo llamaran Cesar ni emperador sino que adoptó el nombre de princeps civium (esto es, el primero de los ciudadanos). Marco Aurelio, grande en la guerra como en la paz y quien le había dedicado a Julio Cesar el mes de julio para reconocer sus virtudes y espíritu de guerra, quiso en contrapartida y para representar su propia imagen como emperador, dedicar este mes a Augusto Cesar quien acabó con un siglo de guerras civiles y dio a Roma una era de paz (Pax Romana), prosperidad y grandeza.