sábado, 3 de mayo de 2008

Probando el tiempo...del poeta Aladar Temeshy


Entre ser y estar / para llegar hasta la forma / viaje interminable /
entre rango de colores / y distancias de los vientos / indefinida realidad /
de aguas y letras / en la abertura incolora / de las arenas lentas /
entre ser y estar / terminando el tiempo...



Entre ser y estar -para probar el tiempo- yo abro este viaje con los pies descalzos y ver desde afuera lo de adentro, entendiendo entonces lo de afuera. Pisar la tierra con los pies descalzos, el último despojo sin nada que me impida el contacto directo con el barro (tierra y lágrima), hacia la noche abierta para no mirar la puerta que se cierra, puerta de la casa conquistada a través de una mirada intensa hacia el afuera del tiempo, justo entre las sombras del muro. Y me pregunto leyendo estos poemas ¿dónde pertenece la vida?.

Si probamos el tiempo diríamos que él es el “tiempo de la vida”, la “duración de la vida”, fuerza de vida o fuente de vitalidad. Pero la vida, como dice el poeta, no será vivida en el muro, en la pared, sólo habitamos el tiempo para ser y estar en una dualidad sin límite, alteridad impenetrable donde sólo nos es permitido ver la huella de Dios.

Entiendo entonces que la vida es algo más que mi propia vida y que el tiempo es también algo más que el tiempo de esa mi vida. De ahí la Eternidad. Sin embargo, la voz oscura y femenina de la noche abierta, me susurra que sólo somos eternos en nuestro querer: tibio tejido de apertura eterna de lágrimas y cuentos, la pertenencia negada, el sin lugar en todos los lugares...aquí mi eternidad.

Y vuelvo a ser, más allá del tiempo o con el tiempo al final del tiempo (que puede ser la noche), para estar y no pasar a través de la palabra; como una vivencia interna de aquel otro tiempo ajeno a la presencia de las cosas. Y me digo: yo soy. Mas el poeta ante esa afirmación le pregunta a Dios ¿por qué no hay lugar para nosotros, aquí donde hemos nacido, por qué sólo la tristeza del mar que no es sitio sino el fin de todos los sitios?. Y al útero del tiempo -que ahora puede ser también la madre-, le pregunta igualmente ¿cómo medir el instante tan sólo con los recuerdos rotos o con el olvido de nuestro propio ser?

Pero ante la “verdad vivida” no puede haber preguntas. No hay antes ni después, porque el tiempo es la imagen móvil de la Eternidad, la edad del cielo entero, el eterno presente, (la Presencia está siempre presente), y en la santidad de este para-siempre-ahora, sólo está la lluvia como llanto del cielo, mezclándose con la tierra, para volver a formar barro.

Sigo leyendo y me olvido del antes, del ahora, del después, del instante, y vuelvo a inquirir sobre la vida para que el tiempo no sea más el tiempo de afuera, sino el tiempo vivido, el tiempo esperado, el tiempo soñado. Ya ser y estar no son suficientes para explicar la vida, porque el ser y el estar nos rebasan. Y el poeta, de un cabo al otro de su vida, encuentra la raíz de la existencia en la memoria, en el recuerdo rosado de una tarde en la Roma imaginada o soñada, memoria abarcada desde el aire, y luego dibujada en pálidas cartas marinas. Apenas iluminado por el ámbar, escribe cartas sin fecha, evocadoras de los viajes sin sur y sin norte, de mares y de estrellas infinitas, de libros alejandrinos y versos hechos de bosques altos y la brisa que nos aguarda en el patio de la casa con sus pequeñas flores. Ciudades, amores nunca comprendidos. Un mundo compartido con el otro en el recuerdo que ya no tiene otro sonido que el sonido de los sueños porque el mundo es lo vivido: Sólo vida interminable, en el secreto sonido de la desintegración, de barro y ceniza. El mundo es lo que vimos tú y yo.

Abrimos el tiempo para ir hacia el origen, para volver. Recorrer el tiempo en desandada y en final de este viaje a la inversa, preguntar dónde está la realidad de la existencia vivida. Nos acoge entonces el extremo más lejano de la existencia donde recobraremos la esencia de la vida, con sus paredes blancas, blancas de años, con palabras blancas, soledad blanca: la muerte que también es una rosa blanca

Y es ahí donde el barro se volverá piedra. Pondremos entonces nuestra cara sobre la piedra, para verla por dentro, más allá de la forma, de la materia, volverse uno mismo piedra: Estar piedra adentro, dentro de uno mismo, para conocer el verbo. Entiendo entonces que sólo soy huésped de mi propia vida, de esa vida buscada. Sin mañana y sin ayer, sólo las manos para palpar la piedra, para prender las piras, para sajar el tiempo y escribir la palabra de Dios sobre el secreto de la vida y de la muerte.

Pero el final del viaje es el principio, porque el poeta nos llevará siempre más allá de la distancia, para que los que regresan nos traigan finalmente nuestra rosa. Ángel caído en caída lenta donde la existencia no es real, sólo el ámbar y la lámpara, para apagar las luces de la casa, cerrar las puertas, las ventanas y volver por el alargado jardín a la noche sin tiempo, donde con seguridad está el amor para susurrarle a la vida en el oído: “estoy lleno de ti, de miel y muerte, de mar ebrio... de plenitud sin fondo...sin palabras, cantándote sin voz con las bocas secas de dolor y de dicha, sin claridad estelar. Lleno de juego, de magia interminable, de luz lacerante...niño eterno, feliz... lleno de ti.”

1 comentario:

Lulu dijo...

La lampara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sincero, todo tu cuerpo será luminoso"

(Mat.6:22.)

" La verdad es una tierra sin caminos".

krishnamurti