miércoles, 9 de abril de 2008

El canto incesante de los ángeles...



Voces, voces. Oye, corazón mío, como sólo antaño
oían los santos: que la gigantesca llamada
Les alzaba del suelo, pero ellos seguían de rodillas,
impasibles y sin atender: así estaban oyendo.
No es que tú aguantaras la voz de Dios, aun de lejos.
pero escucha lo que sopla: El canto ininterrumpido,
que se forma del silencio

Rainer María Rilke
Elegías de Duino 1


La nave central de Saint-Benoit-Sur-Loire, monasterio benedictino de Fleury, se conserva en su pureza románica a pesar de que el monasterio ha sufrido adaptaciones posteriores como su bella cúpula gótica. Allí, dentro de sus limpios espacios, donde se cierra un día más a través de los vitrales orientados hacia el oeste, suenan las salmodias de plegaria que componen el OFICIO DE COMPLETAS -ad completorium- antecediendo la venida de "El gran silencio". Y es allí, cuando nuestras almas resonando a su vez, entenderán cuán poco importan los antecedentes de estos cantos cristianos, o la disertación histórica sobre su origen y evolución, o si hay cantos cristianos de oriente u occidente, si el canto bizantino como el gregoriano son cantos monódicos, antifonarios, responsoriales, salmódicos y melismáticos. Lo que se impone, lo que nos subyuga es el espíritu que animó la creación de estos cantos, "el espíritu litúrgico" que surgió de nuestra necesidad de clamar, nuestra necesidad de plenitud, de consuelo, de fe en que alguien escuchará y nuestra necesidad de alabanza a ese ser omnisciente, pero sobretodo, nuestra necesidad de pureza, de restitución, de permanencia y de fusión con ese ser que a lo mejor no nos escucha. Sin embargo, todas estas necesidades, se producen en nosotros, seres insatisfechos, carentes, impuros, impermanentes, seres duales "cuerpo-espíritu" y lo más terrible, conocedores de su implenitud, pero con los atributos del canto.

El canto como manifestación musical, estaría sujeto al acaecer del tiempo, a la temporalidad rítmica que rige el acontecer sonoro. Las filosofías y las teologías orientales, que también consideran la dualidad cuerpo-alma del hombre y la impureza que esta mezcla determina, someten el proceso de purificación a la temporalidad cíclica, circular de la reencarnación y sus cantos sagrados estarán también sujetos a un poderoso influjo rítmico palpitante. Los instrumentos que acompañan su clamor simbolizarán aquella dualidad (la percusión sobre la piel de los animales marcando el ritmo cesante de nuestra carnalidad y los instrumentos por donde pasa el viento como el espíritu divino y su revelación melódica)

"El hombre es apenas una parte más de la irradiación de Dios", dijo Dionisio Aeropagita. Para el cristiano, el acto de creación es único, y de ese acontecimiento primario, el universo avanza en línea recta, sin retornos posibles, sin ciclos. Dios es atemporal, infinito, y el hombre, que está sujeto al dinamismo de esa irradiación, es iluminado por Su luz, pero en sí mismo no es luminoso.

San Agustín nos decía que el tiempo es una representación mental del hombre, que el pasado es "memoria" en el presente y el futuro una " espera" presente. Antes del origen edénico y más allá del final mesiánico, está Dios, atemporal, puro, luminoso, innombrable.

El conocimiento producido por la irradiación divina sobre nosotros, nos revela que no somos luminosos, que no somos puros, que moriremos y que nuestro aliento no alcanzará para clamar ante Dios nuestra necesidad de fusión con El. Que la distancia es terrible, que la grieta que nos separa y nos produce la conciencia de la alteridad es insalvable, pues nunca podremos fusionarnos a lo que sabemos inefable sino a través de la muerte.

En medio de nuestra soledad y de nuestra intermitencia surge una pena tan infinita como Dios, una pena incesante que nuestra fe convertirá a su vez en un clamor y un canto también incesantes.

No somos ángeles, ni siquiera pertenecemos a la jerarquía celeste, somos apenas unos seres cuya oscuridad es iluminada para que se produzca el conocimiento de nuestra propia oscuridad.

Los ángeles son inteligencias puras, espirituales, invisibles que giran incesantemente en torno al resplandor eterno del bien y la belleza divina. Ellos no conocen lo individual ni lo impuro, pues están fusionados con Dios. Su existencia es un incesante éxtasis, su aliento arrebatado produce un canto ininterrumpido en alabanza y contemplación.

Nosotros, al contrario somos visibles, somos una mezcla de cuerpo y alma, y es nuestro cuerpo en donde se manifestarán la acontecimientos de nuestra vida, es nuestro cuerpo, el espacio que ocupa y su interrelación con lo externo, lo que nos producirá la conciencia de que somos nosotros, de que somos individualidad, que existe la alteridad, que no somos Dios; pero el clamor, el grito de nuestra alma, quien lo escuchará ?



¿Quien si yo gritara, me oiría entre la jerarquía
de los ángeles? y suponiendo que me tomara
uno de repente hacia su corazón, me fundiría con su
más potente existir. Pues lo bello no es nada
más que el comienzo de lo terrible
que todavía apenas soportamos.

Rainer María Rilke
Elegias de Duino 1


Ese afán de ser escuchados por Dios, guió el espíritu de aquellos santos padres que, como San Gregorio y San Ambrosio buscaron la pureza y la esencialidad en sus cantos litúrgicos a la manera angélica, "El canto incesante de los ángeles", el único modo de cantarle al ser puro, innombrable, el único modo de tener contacto con aquello que no somos pero que necesitamos ser, el único modo de cantarle a la plenitud presentida por la fe, contraponiendo a nuestra palpitación cesante, una melodía infinita, sin instrumentos que contaminen dicha pureza, lo más esencial posible, sólo con el sonido de nuestro aliento, aunque nuestro aliento no alcance para la alabanza.

Para nosotros, hombres del segundo milenio, sigue vigente el espíritu que animó aquel clamor, pues estamos más solos, más desamparados, más inciertos. Así como la nave central del monasterio benedictino de Fleury se ha mantenido en su pureza original, a pesar de las modificaciones sufridas a través del tiempo, el espíritu que animó los cantos litúrgicos, se mantuvo puro con la evolución que los fue transformando en las magníficas estructuras polifónicas de Perotin y Guillaume de Machault; pureza que más tarde fue rescatada de los excesos sufridos, gracias a los últimos polifonistas como Guillaume Dufay, Orlando de Lassus y posteriormente por Palestrina y Monteverdi.

Ahora más que nunca debemos cumplir con la exigencia de San Benedictino cuando decía en su regla del canto litúrgico: "No antepongáis nada a la obra de Dios", ejerciendo nuestros atributos del clamor y del canto, para llenar con ellos la distancia, pues sólo el canto nos sostendrá en este enorme vacío, sólo nuestra vocación de pureza nos salvará de la terrible visión de la muerte y de la tragedia de la alteridad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ora et labora ( ora y trabaja )
fue la fórmula que recomendó San Benedictino, para al menos intentar
remediar la severa grieta.. la insondable escisión que nos separa del Ser, del Todo, de nuestro hogar, de Dios ..
luego de habernos convertido en parte del mundo de lo manifiesto.. de las formas, en seres contingentes, corporizados, signados por la constante cicatriz de la desprendido .. y el ansia soterrada o no ..de regresar a nuestro origen.

Y ocurre que la lectura de ésta estupenda exposición brindada por Edgar. Me llevo a postular una intuitiva reflexión:

Acaso "orar" .. bajo la forma de canto, ritmo, vibración..
Este emular duramente "trabajado" ( 7 veces al día.. recomendaba Benedictino ) de la vibración divina.. también repetida por los astros y el cosmos ..( otras formas manifiestas del pléroma ) hasta allegarnos a la vibración que emerge desde la jerarquía de los ángeles ..

¿podría cuando menos .. acrecentar consciencia, y paz .. al permitirnos ( al menos ) suficiente sutilización trascendente del polvo que nos constituye ?

Si así es : agradezcamos los cantos .. a puntual sabiendas que el canto de los cantos se llama poesía ..y al poeta que nos ha brindado éste momento de esperanzada calidez..