jueves, 6 de marzo de 2008

Hotel... de la poetisa Mariela Casal (poesía-video)


He leído (a veces con los ojos cerrados) el poemario Hotel de la poetisa Mariela Casal, tratando de traspasarlo, de llegar al lugar propuesto. Sin embargo, cuando abrimos los ojos para ver el video que complementa y termina de confirmar la propuesta de esta experiencia poética, nos damos cuenta de que somos nosotros los traspasados por ella de manera ascendente y a la vez hacia adentro. El ascenso que se patentiza en el video, donde la propia poeta va subiendo escaleras durante catorce estaciones, contrasta con esa voz espectral, casi inaudible y que se confunde a veces con su propia respiración.


Emprendemos entonces el ascenso hacia adentro, en un viaje que nos llevará hacia lo invariable de nosotros mismos, a aquello que se mantiene inalterable a pesar de las transformaciones y en cuanto a lo inasible, (a lo que pasa y nos va pasando fuera del tiempo), “a la duración pura”, aquello que queda en el fondo del crisol cuando “nos permitimos vivir” sin determinaciones dimensionales precisas… un viaje sin mapas, sin rumbo preciso o instrumentos, lejos de cualquier coordenada cartesiana. Tal vez y si se pudiera tratar de ubicar espacialmente el desarrollo de este viaje, de esta experiencia, pudiéramos hablar de las coordenadas del alma.

Sin embargo, esta mujer nos va dejando las pistas, el rastro de ese tránsito a través de las líneas sepias que va trazando con la mano y que se incorporan a medida que ahonda en si misma (y por supuesto también en aquello que resuena en nosotros mismos). El propio libro y los textos que esta vez se separan de la mano de la poeta para adquirir vida propia, se nos parece a esos códices antiguos y cifrados donde los navegantes iban plasmando en el momento mismo del acontecer, los puntos de encuentro y desencuentro, de llegada y de extravío... Allí se nos van marcando los hitos del viaje para llevarnos cada vez más lejos del ámbito dimensional.

Aunque la sensación de atemporalidad es absolutamente indescriptible (por lo menos con palabras), nos damos cuenta de que el tiempo pasa y no pasa...de cómo a través de ese nexo maravilloso que es Humbolt (a veces hombre, a veces edificio de Hotel en ruinas) pueden resurgir una verdad entre dos realidades temporales y relativas: que no importa que sea el año 1800 o el 2007, la belleza intensa siempre estará allí, como el atardecer pleno que se observa en el video desde las ventanas rotas y ruinosas del hotel... que uno debe realizar ese viaje sensible hacia los horizontes de la otredad para que surja el reflejo de lo que portamos adentro… muy adentro. Es ese viaje no debe terminar en el adentro, por lo que se debe hacer el recorrido de nuevo para renacer constantemente, y con ello dar constancia de lo que nos ha impulsado desde siempre... desde la fuente, el origen...

Somos perpetuos viajeros de la nostalgia… y el símbolo del Hotel aparece cuando en medio de la travesía, agotados o ansiosos, cerramos los ojos para reposar y salvarnos en esos otros ojos, aquellos ojos...aquí, allá o más allá. Pero es justamente en el reposo, cuando dejamos de viajar por un instante que, contradictoriamente ocurre la transición, la transformación. Vemos entonces a su vez con otros ojos, la imagen de una mujer que transita la vida en el oficio de amar… tallando la torre debajo del agua, es decir fluyendo generosa en lo más abajado de nuestro sentir, para transformar nuestra sed en esas aguas.

Sed, es decir amor. Pero como en todo viaje o tránsito amoroso, no sólo la sed será transmutada en amor… también el habitar será un ritual de transformación a través de lo soñado en medio de la noche. Con la llegada del amanecer (de tanto soñar, amanece) desde el eterno origen retornará también la luz viajera con sus fuentes deshojadas a desnudar su piel como una flor. Ahora es ella quien nos habita y, correspondiendo a ese amor, ante su extrema desnudez y la implacable luz, cerraremos los ojos, (mis ojos, tus ojos, esos ojos)…

solo así será posible que escuchemos y entendamos la voz de lo invisible: esa voz susurrante de mujer que surge ascendente entre las ruinas del tiempo para disolverse en el alma...


hotel, enero del 2000
catorce pisos
y un pedazo de tus ojos
de mis ojos
de aquellos ojos
de esos ojos

desaparecía el hotel de arroz

sus granos llevaban las aves en el canto para el vuelo

entonces

a nosotros

hotel hotel hotel


**

hotel, dos de enero

esa flor es azul porque es de aire
esa rama es más verde porque es más lejos
esa casa es más alta porque es más arriba

el océano nos lleva el manto
su lejana candidez
y su sal


- - -
sólo sé que volveré a verte
en nuestro hotel las calles son pliegues

todo el siglo es una red distante

yo me quedo en tu cabello
tu cabello de almohada
y piedras peregrinas
**

hotel, expedición a la Silla de Caracas
enero de 1800

las montañas que dominan las grandes ciudades…
adquieren, en ambos continentes, una celebridad
extraordinaria


Alexander Von Humboldt


- - -
sólo escribo solo
sólo el hotel solo

la selva es esta noche Carmelina
hacemos ronda en la penumbra

**

hotel, enero del 2000

de adentro hacia dentro
cantan las aves
y pueblan
los árboles, y las flores y los ojos

su hotel de amor

nada lo posterga

- - -
hotel hotel
alta montaña del Riff
donde la aldea
se ama

- - -
Mala suerte habían tenido los pronósticos de las ocultaciones de los meses de diciembre y enero: se había confundido el tiempo medio con el tiempo verdadero
Humboldt, Expedición a la Silla de Caracas,
Dos de enero de 1800


**

hotel Humboldt, viernes de enero,
la montaña

la cita no es aquí
celebremos el viernes a otro lado
desulado
el corazón es acróbata
de un hotel altísiiiiiiiiiiimo y solo
de un altísiiiiiiiiiimo camino
de la luz, su cuerpo y cobijo

de soñar, ascender, sí

bajo el manto desulado
desuslabios el viento ese paisaje, celebremos:
he allí una mujer feliz

- .- -
en el oficio de amar

en el oficio de amar

tallamos la torre

debajo del agua

2 comentarios:

Escritora y artista visual dijo...
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Melba dijo...
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