domingo, 28 de diciembre de 2008

Crónicas de Grecia...



Octubre 24-2008

Empiezo esta crónica en la mitad del viaje…en el centro de la vivencia, del recorrido. Como si al mismo tiempo se tratara del punto central de la conciencia, del saber “el por qué” del viaje. Coincide con la llegada y la salida de la isla de Naxos…del Laberinto. Por eso he tomado tantas imágenes de las puertas de Naxos. Puertas cerrdas, como si nunca se hubieran abierto…sólo están allí inmutables, eternas. Coincide también con este momento de mi vida. He salido de Atenas, después de matar y luchar con el último monstruo, con el último de los cuernos de la sombra. Pero esta bella travesía es al mismo tiempo la conjura de la soledad. Es octubre y ella me mira, se deja tomar las manos. Hemos llorado…nos hemos perdido breve pero intensamente por los pasillos del laberinto. Más hemos reencontrado el centro…o eso que llamamos centro. Guiado por su inteligencia, retorno a la luz…y Naxos es luz. Gracias a ella tomo los caminos correctos. Gracias a ella sé como llegar a donde debo llegar, como si ella fuera Ariadna. En Atenas me preguntó si la amaba…si alguna vez la iba a abandonar. Hemos cruzado sin embargo tantas puertas, escuchado el viento en los olivares, el sonido de la luz sobre nosotros, para llegar a la orilla, a la última luz, la más bella. Hoy dejamos Naxos…pero esta vez Ariadna no se ha quedado sola. Ella toma mi mano fuertemente para unir fuerzas…para seguir no sé hasta donde, no sé si se podrán abrir esas puertas.
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El mes de diciembre...


Duodécimo y último mes del año de acuerdo al calendario Gregoriano, el cual es usado en casi todo el mundo hoy día. En el antiguo calendario Romano era el décimo mes y saca su nombre de la palabra en Latín "decem", que significa diez. En el hemisferio norte el mes de diciembre contiene el solsticio de invierno, mes de espera y renovación, indicador de la inminencia de los nacimientos y de la renovación del tiempo. Por ello los romanos celebraban en este mes las “Saturnalias” o salida del tiempo. En estas fiestas en honor a saturno el dios del tiempo, el mundo se salía de la dimensión temporal establecida y por ello, el orden se trastocaba. Los amos se convertían en sirvientes y los esclavos eran los amos por ese día. Pero tal vez el significado más importante de la “Saturnalia” era el sentimiento de que la vida es duración, sustitución y que el sacrificio es la única fuente de la nueva creación o de la renovación constante de la creación. Inicialmente en tiempos antiguos las reminiscencias de estas festividades consistía en el nombramiento del hombre más simple y pobre de la comunidad en el rey saturno con todas las prerrogativas y los honores…por un día era el rey, el amado, el ungido para posteriormente ser sacrificado simbolizando la intensidad y la brevedad de la vida. De allí derivan también las fiestas de carnaval en donde la humanidad se sale brevemente del tiempo para realizar ese anhelo de acumular en un tiempo dado todas las posibilidades existenciales en un llamado al caos primordial…en una desesperada invocación a la salida del tiempo y la renovación. Este mismo simbolismo de renovación y sacrificio del mundo está presente en el siginificado del Cristo Redentor... por ello al nacimiento de Jesús ocurre en el mes de diciembre, símbolo eterno de la resurección del mundo, del hombre y su recreación a través de su propio sacrificio.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El mes de noviembre...


Noviembre es el noveno mes del año según el calendario antiguo romano. Su nombre se deriva entonces del latín november que significa noveno. Mes en donde se concretan los cambios, los pasos de la vida. Durante la vendimia de octubre, en donde dejaban a las mujeres jóvenes salir por primera vez de sus casa, estas conocían a los que serían sus maridos…por ello es llamado también mes del amor y de los matrimonios. La gestación también dura nueve meses. Numéricamente, este número, representa las grandes realizaciones mentales y espirituales, es el número de la iniciación, porque marca el final de una fase de desarrollo espiritual y el comienzo de otra fase superior, simbolizado por el paso de las unidades a las decenas. El número 1 abre la serie de los dígitos simples, el 9 la cierra, siendo extremos opuestos. El 1 representa individualidad y el 9 universalidad, cerrando el ciclo iniciado en el 1. El 9 es un número de poder espiritual, ya que contiene la sabiduría del resto de los números de la serie simple. Sumado a cualquier número, por reducción mística, devuelve siempre el mismo número, por ejemplo, 8 + 9 = 17 = 1 + 7 = 8.

El mes de octubre...

Octavo mes del año de acuerdo al calendario romano y celta, de ahí su nombre que deriva del latín “october” octavo. Mes de la vendimia, de los frutos, especialmente de las uvas y de las olivas. Numéricamente el numero ocho es el único que se puede dividir al igual que sus resultados en partes iguales = dos veces cuatro, dos veces dos, dos veces uno, por lo que simboliza equidad, justicia y equilibrio. Mes de los retornos, era considerado por los antiguos como la puerta por la que la vida entra el mundo…por su relación con el numero ocho, representa el movimiento en espiral de los cielos en su continuo flujo y reflujo, simbolizando la ley de causa y efecto, símbolo matemático del infinito, de regeneración, del paso de lo que es contingente a lo que es eterno.

martes, 2 de septiembre de 2008

EPANOUISSEMENT: La eterna eclosión en Colette Delozanne


Epanouissment...esta palabra arcaica, vértice originario del verbo, nos da la visión de una eclosión, de una floración múltiple. Fuerza abstracta y fuerza conformante, materia pura y materia visible , energía y forma. Este doble paso capaz de unir el verbo con la forma, la voluntad con la materia creada y regida por un orden, tiene a su vez un triple supuesto, una hipóstasis de creación. Colette Delozanne, quien además de escultora es poeta, lo sabe; por eso escogió la palabra Epanouissement para representar la unión de su voluntad trascendente con la obra creada a través del espíritu o alma del mundo. El primer acto de creación, es decir el acto creador del mundo, tuvo su hito en la unión hipostática del verbo con la naturaleza humana. Pero aquí, la voluntad poética, la voluntad creedora se revela a través de las manos; son las manos las que provocan la salida del caos, son las manos las portadoras, "las voceras" de un espíritu cuyo aliento constituirá esa flor sagrada y mayestática de barro, con la unión de las cuatro elementos agua, tierra, fuego y aire. Flor de especie original, flor única, rosa de siete pétalos que simbolizan la secuencia de la creación, el orden sagrado de sus jerarquías desde el mismo momento de la floración o eclosión primaria, hasta llegar al "hondo temblor de lo secreto". La tierra es el cuerpo de la creación, es la materia, la madre, pero, ¿ hacia dónde apunta esa floración reconcentrada en sí misma, esa palpitación de piedra que surge y se mantiene en medio del caos, como los pilares sagrados que sirvieron para sostener los primeros árboles ?. Aunque el acto de creación es extratemporal, la existencia de los mundos se despliega en el tiempo desde el primer gesto hasta llegar a lo más cerca del inicio, y así fundirse en el punto de fuga que elimina la distinción entre lo manifiesto y su origen. Eso la sabe también nuestra escultora poeta. Ella sabe del viaje y del "fervor caminante" que nos impulsa al encuentro de esa revelación, de esa verdad. En medio de la "múltiple sonoridad" que acompaña nuestra existencia temporal, en medio de la luz, ella nos anuncia la necesidad de velar, de estar en " vigilia", de no perdernos la extraordinaria y única visión que comporta la conciencia de que las infinitas formas del mundo están entrando y saliendo permanentemente de la existencia. ¿ De dónde salen y hacia dónde entran ? . He ahí el secreto, el misterio de ese incesante e ilimitadamente abarcador espacio que nos contiene.

El mes de septiembre...


Septiembre… del latín septem (séptimo). Aunque septiembre es el noveno mes en el calendario Gregoriano, lleva su nombre por ser el séptimo mes del calendario romano, pues los ciclos del año empezaban en el mes de marzo. Septiembre, mes del descanso divino y humano…de la concordia, del sosiego y el umbral que precede todos los cambios de la luz.

Siendo pues el séptimo mes en el ciclo del acontecer antiguo, su simbología está muy determinada por el número 7 que ha regido muchos de los aspectos de la vida del hombre, apareciendo en casi todas las culturas como el número del destino.

El siete es el resultado de la suma entre 3 (lo celeste) y 4 (lo terrenal). Se considera un número perfecto que simboliza la relación de lo divino y lo humano, cuyo resultado es la creación, llevada a cabo en 7 días. Para casi todas las culturas fue siempre un número mágico. Apenas para nombrar algunas de estas determinaciones, son siete días los que tiene la semana, los mismos que ocupó Dios para formar la tierra. Son siete los mares del planeta. Los hindúes han descubierto siete chacras o puntos de energía en el cuerpo, son siete maravillas del mundo, siete pecados capitales, siete calamidades. El Islam establece los siete cielos y el Dante describe siete infiernos, los metafísicos hablan de siete niveles de conciencia.

martes, 12 de agosto de 2008

La huella que alumbra...fotografía de Carlos Puche por Elizabeth Schön


Una de las características de la fotografía es lograr que la imagen fotografiada, no pueda variar de situación, ni de tiempo, ni de espacio. Hecho que hace al arte fotográfico conquistar lo tan difícil de hallar: la permanencia. Ella es como una huella que alumbra el mejor de los nacimientos, aquél que nunca deja de ser nacimiento, o aparecer sin roturas temporales. Entonces es espejo múltiple de lo que fue y sigue siendo igual. Así, el instante en que el lente toma para sí un aspecto determinado de lo exterior, ese aspecto queda imposibilitado de cambios, movimiento. La fotografía provoca mediante la imagen, una inmovilidad temporal, espacial; ni el uno ni el otro se pueden alterar, porque el dinamismo espacio-tiempo le fue arrebatado en el momento en que el lente hizo suyo un fragmento, aun el más insignificante, de lo circundante, y porqué no de lo remoto; quedando el instante sujeto a un irrompible estatismo. El devenir a que está sometido lo existente y vivo, en la fotografía queda inmóvil, ocurriendo un suceso sumamente hermoso y mágico: Al esplendor, a la penumbra de estas neblinas, de estas lunas, de los tonos que admiramos en la exposición, no le invade el desgaste, el deterioro que la temporalidad y lo espacial incrustan en la casa, en el traje, en la cayena y la semilla.

Lo retratado propone una realidad incambiable, independiente de las transformaciones que le ocurre a cuanto nos circunda. Hay que detenerse. La fotografía como creación del hombre lleva consigo la mejor de las condiciones estéticas: dentro, en lo más íntimo de las texturas de espacio y tiempo de esta exhibición fotográfica, bulle un latir comunicativo que nos permite descubrir en esa aparente quietud, un habla silenciosa de neblina, troncos, montañas, que plenan la interioridad de la imaginación sensible del pensamiento como una inmensa cumbre de las más variadas cuestas y más hondas cavernas.

Encontramos en esta bellísima muestra dos lenguajes; cada uno con su propia visión de cómo se asimiló en la fotografía lo que ambos artistas atisbaron a través del lente, lo que había de insospechado en la fronda, en el cúmulo, en la vegetación y la venida alumbrada.

Carlos Eduardo Puche, es uno de los grandes pioneros de nuestro arte fotográfico, lo dice la excelente crítica María Teresa Boulton en su fundamental libro: “Anotaciones sobre la fotografía venezolana contemporánea”, además Carlos Eduardo Puche es el gran renovador de la fotografía, supo introducir en lo inmóvil de la imagen, el movimiento cinético nunca antes visto. Llamó a estas propuestas de sus fotos: “Kinópticos”. Ahí la imagen se injerta a un movimiento que la imagen por sí misma, no contiene y que adviene debido a que las varillas colocadas a una distancia de la superficie de ella originan estas transformaciones de lo fijo a lo móvil, de la faz de la imagen inmóvil a múltiples facetas que antes nunca tuvo para sí. Hermosísimas son las neblinas que hoy contemplamos. Su textura de penumbras, oscuridades, lejanías y cercanías, parecieran haber sido hechas por la mano de un pintor cuyo pincel dejó inscrito en el papel, el tiempo de un instante que nunca podremos captar si no lo vislumbramos como aquí en las neblinas de Carlos Eduardo Puche.
Margot Hernández, desde su adolescencia le asombro mirar como de las aguas del revelador surgía el motivo fotografiado. Tuvo el hallazgo de ser discípula de ese gran sereno maestro que es Carlos Eduardo Puche. Con ahínco y dedicación ella eligió la cámara y se dedicó por completo a este arte tan especial: arrebatarle a lo exterior lo que para el público es invisible.

Para ella, el arte de la fotografía es integrar sin violencia ni agresión, la luz a la sombra, la oscuridad al esplendor, la penumbra a la claridad. Eligió como imágenes, a la luna, al sol, a la ciudad, a la montaña. Su lenguaje limpio, posee la transparencia del agua cristalina dentro de la copa. Su espacio lo concibe mediante lo horizontal, lo vertical y el círculo como lo que aúna las más hondas raíces de sus matices. Cuando miramos la fotografía donde priva la negrura como un sedaje de vibrante intensidad, arriba, la luna, es un cerco de esparcimiento luminoso y el apoyo que la sostiene está en la parte inferior de la fotografía donde una pequeña cruz más luminosa que la blancura de las nubes, pareciera controlar, aun por su pequeñez, la dimensión de esplendor y oscuridad que cerca como la confesión íntima de los ciclos que la luna origina sobre la naturaleza, el ambiente y en el hombre. Margot Hernández, se adhiere a estos ciclos lunares semejante a ese mandato que inserta en la vida, los cambios diferentes en nuestra vida diaria y de la tierra.

A la luna también la admiramos sola, cercada de una negrura tan inmensurable que nos da la sensación de poder tomarla y dentro de ese mismo circulo esplendoroso que la sostiene, oír o adivinar el destino a que estamos sujetos.

No sé si fue un propósito de la artista, tan artista como la mejor artista, querer que el público distinga entre la luz de los astros y la luz hecha por el hombre. En sus fotos la presencia de las diversas intensidades luminosas nos conducen a percibir un contraste (tanto polícromo como en blanco y negro) entre la espacial y la de una avenida. En una fotografía cuya hilera de pequeños globos de un brillante casi anaranjado y que relumbran ocultando su cuerpo de bombillo, se sugiere una diferencia de intensidad extensiva entre el esplendor abarcante de la luna, el sol y el reflejo de esa hilera de globos encendidos entre las aguas oscuras del río. Nos asombra, nos conmueve hondamente la fotografía de un mar cuya fuerza esplendorosa del sol siembra sobre la planicie del oleaje, un plateado, que no es plateado, porque es el sol con su fulgor entre las aguas de un mar que lo recibe quietamente sin oponérsele. Contemplamos otra fotografía donde del mar siendo mar se convierte en una textura inmensa de madera que se interna en la profundidad de la noche, tal vez buscando en lo más distante, un apoyo para instaurar allí, las arenas que sólo contienen lo vivo del mar. Esa textura es de un color semejante al de la corteza arcaica de un árbol, pero con el hallazgo de poseer íntimamente lo desconocido y manso de las aguas marinas.

Margot Hernández, nos propone mediante la fortaleza tal vez instintiva y primaria de lo negro, lo esplendente de toda luz, la integración de los elementos naturales con lo lejano, espacial. Un ramaje nacido de un digamos Samán, en la fotografía de Margot Hernández se tiende hacia la luna y la toca dando la impresión de que la luna estuviera junto al ramaje, y no allá en la lejanía de los cielos. Y es natural que descubramos esta sutil cualidad artística. El que busca la integración no puede utilizar lo agresivo y violento. Su espacio es unidad y no rotura. La montaña en su lenguaje fotográfico, es montaña oscura de la que parten dos verticales más oscuras aun, de árboles y hojas pero engarzados por intensidad de raíz a la negrura que envuelve a la fotografía, como siendo un secreto de palpitante existir intemporal.

Cada espectador, al mirar tan pulcra y limpia exposición debe sentirse satisfecho que en un tiempo desquebrajado y vulnerable, encontramos una expresión de sutiles y calladas presencias, donde la fronda no es ajena a la nube, ni la avenida se halla distante del sol.
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Elizabeth Schön

martes, 5 de agosto de 2008

El mes de agosto...


Así como el emperador Marco Aurelio le dedicara el mes de julio a Cayo Julio Cesar, el mes de agosto se lo dedicó a Cayo Julio César Octaviano Augusto (en latín, Caius Iulius Caesar Octavianus Augustus) para conmemorar su muerte acaecida justamente el 19 de agosto de 14. Octavio nunca quiso que lo llamaran Cesar ni emperador sino que adoptó el nombre de princeps civium (esto es, el primero de los ciudadanos). Marco Aurelio, grande en la guerra como en la paz y quien le había dedicado a Julio Cesar el mes de julio para reconocer sus virtudes y espíritu de guerra, quiso en contrapartida y para representar su propia imagen como emperador, dedicar este mes a Augusto Cesar quien acabó con un siglo de guerras civiles y dio a Roma una era de paz (Pax Romana), prosperidad y grandeza.

viernes, 25 de julio de 2008

Pauline de Anhnas: La encarnación del eterno femenino



Las obras de Richard Strauss toman su estructura anímica de los arquetipos femeninos, su determinación y su influjo en el ser humano. Pero sobre todo es admirable el idealismo que se patentiza en esta búsqueda del eterno femenino. Desde muy joven, Strauss sigue este impulso cuando recrea en su poema sinfónico Don Quijote la voz de Dulcinea a través de la cadencia exquisita del oboe, simbolizando el ideal del amor cortés… la mujer como aquello inalcanzable, intocable, apenas concebida y amada a través de la fuerza del espíritu.

Si vamos más allá en ese devenir, en esa ruta del ánima del artista, llegaremos a sus maravillosos poemas sinfónicos Don Juan y la Transfiguración, para terminar con sus Operas El Caballero de la Rosa, Capriccio, Ariadna en Naxos, Salomé, La mujer sin sombra y Elektra, donde también el tratamiento psicológico del ánima y de los arquetipos femeninos están profundamente trabajados.

En el caso de sus Operas, el principal libretista de las mismas, Hugo Von Hofmannsthal fue un gran asimilador del simbolismo freudiano, que reforzó y llevó al texto esta búsqueda de Strauss, proceso que culminará finalmente con Clemens Krauss, el libretista de su ultima ópera Capriccio (llamada también la última soprano de Strauss).

En el caso del poeta Hofmannsthal, cuando explica la postura en concreto sobre el arquetipo de la Ariadna en Naxos y el poder de la transformación comentaba de manera maravillosa que: “La transformación que Ariadna sufre en los brazos de Dionisio es el momento crucial de toda la obra…La transformación es la vida de la vida misma, el verdadero misterio de la naturaleza como fuerza creadora…Todo aquel que quiera vivir, ha de superarse a sí mismo, transformarse…debe olvidar. Ariadna estaba muerta, y está viva de nuevo, su espíritu se ha transformado verdaderamente…La otra cara de la moneda, Zerbinetta y sus semejantes ven en la expresión de Ariadna exactamente, sólo aquello que son capaces de ver: el cambio de un amante por otro, sin poder ver ese otro proceso íntimo de transformación de un plano a otro… los dos mundos espirituales se conectan de manera irónica al final, en la única conexión posible: la incomprensión”.

Bajo esta misma contradicción de mundos en Strauss, a pesar del idealismo que pautó su permanente búsqueda de ese eterno femenino como artista, y si estudiamos su vida como hombre, nos encontramos con un ser precoz, fiel a su sentir y a su vez con una percepción muy real del amor. Sus viajes a Italia, al mediterráneo y su encuentro con el músico y poeta Ritter, le develarán esta necesidad poética de expresar el ánima amorosa del hombre con consistencia, con veracidad, a través del encuentro real de una mujer como contrapartida y complemento existencial. Ya en 1893 realiza un viaje a Grecia y a Egipto que lo marcarán para toda su vida, y le impulsarán cada vez más a establecer la dinámica por la cual es precisamente a través de esa ánima, de ese ideal, de esa fuerza y sabiduría de lo femenino, que el hombre puede fecundar, concretar, construir el cuerpo del amor. Aquejado de una fiebre que le sobrevino en el viaje Grecia y Egipto tras perseguir agotadoramente ese ideal, y en el año de 1894, Strauss asume la realidad innegable y tangible del amor para vincularse con el mundo, con la realidad y con la vida a través de la bellísima soprano Pauline de Ahnas, su gran amor, la mujer que le inspiró e indujo todas esas transformaciones, hasta su muerte.

A su amor por ella, según manifiesta el propio Strauss, le debemos esa eclosión inicial que empieza con el gran Poema Sinfónico Don Juan, basado en un poema de Nikolaus Lenau. Este Don Juan de Lenau y de Strauss deviene directamente del Fausto de Goethe… un insaciable amador, un buscador apasionado del eterno femenino, arrastrado de mujer en mujer no tanto por su sexualidad como por la búsqueda de un amor ideal que nunca encuentra. Según palabras del director de la época Franz Schalk, “el Don Juan es acaso el más perfecto de los poemas sinfónicos de Richard Strauss. Arranca con un fulgurante y arrebatador tema Allegro molto con brio, que retrata al personaje: apasionado e inquieto, soberbio y seductor. Sucesivamente van apareciendo en el poema sinfónico las figuras deseadas y conquistadas por el aventurero -Zerlina, la condesa, doña Ana- que con el tiempo se convertirán en los fantasmas que le acompañarán en el último y dramático episodio de su vida, el desafío al Comendador. Un acorde final en la menor y pianísimo, con un acompañamiento de distantes trémolos de cuerdas, cierra la obra”.

Este impulso inicial que produjo el encuentro con la encarnación de ese eterno femenino en Pauline de Anhas, se mantendrá inalterablemente dinámico en Strauss a lo largo de toda su obra, y pasará desde el símbolo del ideal inalcanzado en Don Juan, a la expresión pura del amor en la forma de una rosa, cuyos pétalos se reúnen en planos superpuestos, para converger en la esencia del amor. Basta escuchar el sentido trío de voces del acto III de la ópera El Caballero de la Rosa, en donde Octavio, La Mariscala y Sofía desde la propia realidad de cada uno, trascienden a la irresistible determinación del amor, para sentirse conmovedoramente traspasados por esta experiencia.

Es sin embargo en sus canciones para voz y piano donde Strauss realiza el máximo homenaje de belleza y de entrega a esta certeza, a esta realidad encarnada en la mujer que amo toda su vida. Cuando escuchamos la canción que le dedicara a Pauline- en realidad Strauss le dedicó todas sus canciones a Pauline- llamada Allerseelen (o canción del día de todos los muertos) entendemos como se unen en una sola experiencia estética y vivencial, lo visual y el aroma, lo visto y lo presentido, la vida y la muerte, lo perdurable y lo impermanente, a través del proceso de transformación que nos llevará desde la vida, a la muerte y otra vez a la vida.


ALLERSEELEN


Pon sobre la mesa las resedas perfumadas,
tráeme los últimos asteres rojos
y hablemos otra vez del amor,
como en otro tiempo, en mayo.

Dame tu mano para que la oprima en secreto,
y aunque otros lo vean, me es indiferente,
obséquiame tan sólo con una de tus dulces miradas,
como en otro tiempo, en mayo.

Hoy florecen y exhalan aromas todas las tumbas
pues un día del año está dedicado a los muertos,
ven a mi corazón para que te tenga de nuevo,
como en otro tiempo, en mayo.

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viernes, 18 de julio de 2008

El nadador de un solo amor...12 poemas de Georges Schehade (introducción de Gaetan Picon)


Yo reabro esta compilación -- Les Poésies -- por el objeto insólitamente encerrado como en un cofre que se puede transportar a todas partes consigo, y lo hago de manera sorprendente por los dos anillos laterales de los primeros poemas y de Si encuentras una paloma torcaz -- (1938-1951: el tiempo que hizo falta para constituir la lapidaria, el herbario). Sí, lo abro como un cofre incrustado de nácar, en las paredes de cedro o de sándalo, y hay un perfume que él exhala, y que reconozco al instante, entre todos los otros, pues pertenece a una esencial, a una intemporal poesía, así; caminando con los ojos cerrados en este bosque, sé de un olor tan complejo y tan sublimemente equilibrado que no lo encontraré en ninguna otra parte, que las palabras faltan para nombrarlo, que soy advenedizo de la eminencia de un seto familiar.
Aroma único, incomparable... Es sin duda que pertenece a una tierra más lejana que aquella de la que acabo de hablar, y donde piso las innumerables hojas del otoño. Tierra donde el sol muere como un caballo de madera, donde se desarrollan las páginas de la gran Biblia de las piedras, tierra donde solas resisten a la gran sed del sol las esencias raras y violentas. Y sin embargo no es la violencia de Mediodía. Es más bien la noche, como un otoño de cada día, la frescura de las fuentes sin agua de la luna, la hora mental, imaginaria donde las cosas son filtradas, tamizadas por su espera o su memoria; y lejos de afirmarse en una evidencia demasiado fuerte para ser sensible, ellas fluyen delicadamente como el jugo de frutas que exprimimos con nuestras manos, ellas forman en el aire los menudos arroyos de la rosa, del jazmín, de la violeta. Noche a menudo más brillante que el día, primavera, otoño más ricos que el invierno y el verano, penumbra confortante donde las imágenes responden a nuestro llamado. Pero esta flora de una más lejana tierra es sobre todo la de un "lejano interior"; el Oriente es aquel del corazón y de lo imaginario; el jardín es más antiguo, mejor preservado que los otros, y tal como ha escapado a los empleados del catastro, a los guardianes y verificadores del tiempo: la hierba no ha sido pisada.
Jardín de infancia? Yo diría más bien de una vida que no tiene otra edad sino la infancia. Y justamente porque no es evocada a la luz de otra edad, no se trata de una infancia, sino de la época inmóvil en la que el niño, el hombre adulto, la mujer son los ciudadanos a derechos iguales de una capital fabulosa que el dramaturgo llamará Paola Scala o Belvento, pero que el poeta no tiene necesidad de nombrar. La infancia no es el objeto de una nostalgia; es la voz inflexiblemente ingenua de una vida que no tiene otro suelo. El poeta no ha tomado nada, no tiene nada que aprender, encuentra al término de su poema lo que ya sabía en el despuntar del día y de fuente cierta. Las palabras, inventadas sin embargo, le son dadas. No vienen las unas de las otras, sino también, de esta tan segura fuente. Y si pueden tener por ellas mismas un perfume, entonces no hablan de perfume, como el agua pura tiene su olor, no puede ser sino aquel, inmediatamente reconocido, e insólito, de la simplicidad.
Esta poesía no es una experiencia sobre el lenguaje: es una palabra de experiencia. No construye, de palabra en palabra, la pasarela que le hará dejar su tierra natal -- la tierra donde pasa, bajo el cielo cósmico, el tiempo sin hora ni edad. Hecha de palabras, seguramente, pero que no buscan su química, que no notan su fórmula, que dicen simplemente, en un solo aliento, lo que ella siempre ha sabido: ella persigue el rumor de manantial de su reminiscencia.
Pues es también un rumor que yo oigo y que reconozco, no menos que su perfume, cada vez que abro el libro; y es en él, también, que se pierde mi lectura: en la voz lenta y sorda, salmodiante, del poeta -- y he aquí que yo la desposo ahora como si fuera mía; yo soy el recitador más que el lector.
Pero esta voz, que restituyo al poeta, yo siento que es el eco de una voz más antigua, en la que la autoridad perfora a través del encanto de la inflexión personal, voz profética, sentenciosa del Abuelo (Antepasado), aquella que habla con el frío a lo alto de la montaña, como Dios lo hizo, o al umbral del jardín que hemos dejado, cuando el mundo se ha abierto delante de nosotros, y en el que el exilio y el pesar no tendrán término.

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A este rumor de maravilla y de tristeza, a este perfume de sombra y de ámbar, somos sometidos como a un encanto -- cautivado, un poco adormecido, entumecido. Nos instalamos en el estribillo de cada poema; nos perdemos en el gota a gota de la concha de pila; dejamos a este ligero olor de incienso embriagarnos. El poema nos retiene: no nos deja fuera, armado de su fuerza, en el espacio que su destello habrá abierto. Sin embargo, he aquí la imagen, la imagen como la estrella, chispa de hambre. Ella rompe el encanto; y nos descubrimos activos, vigilantes. La recalcamos en el poema, y nos vemos, fuera del poema, hacia el mundo que contiene su prueba. Brusco resplandor de las imágenes, golpe de gong, desgarramiento de seda... Yo no las conozco más verdaderas, se bastan demás a ellas mismas, pequeñas islas donde vivir indefinidamente. No he podido escribir estas líneas sin que ciertas hayan encontrado su lugar; y también está la luna montante como un animal de tormenta, los árboles que no viajan sino por su ruido, las estrellas que viajan con sus piernas de sal, los armarios de las ancianidades de uvas; está el ojo, ese animal encantador...
Pero yo noto que la imagen termina raramente el poema. El movimiento del texto no tiene como fin el de llevarla, como si ella fuera el trofeo de su victoria, lo que nos permitirá desprendernos del poema, conservando de él este solo resplandor de hoja cortante para nuestro propio combate. Si el poema XVIII de Poésies II se acabara sobre las fuentes sin agua de la luna, en lugar de acabarse sobre el Todo pasa como si yo fuera el pájaro inmóvil, nos dejaría como al borde de una ventana abierta, expuestos y vigilantes; pero la sentencia final -- más bien una verdad que nos repite que esta antorcha de la imagen capaz de alumbrar otros fuegos -- nos hace entrar en el canto, en la penumbra maternal del poema. Y noto también que la imagen no es un comienzo frecuente. Ella no tiene la función de abrir un espacio particular, de desencadenar la embriagadora mecánica de la cual la poesía moderna no se cansa. (Sólo un poema de juventud -- el VI de Poésies I -- es construido sobre un movimiento de enumeración, que evoca muy precisamente Apollinaire). Diseminada, a veces única, la imagen es en el corazón del poema como el ícono iluminado en el ángulo oscuro de la habitación, como la mancha de sol al fondo del pozo.
Mejor: ella tiene en su cresta la brusca refulgencia de lo vago -- dulce vaga mediterránea, entre la subida y la caída -- a la vez tesoro, extremo punto de la visión, e ilusión, reflejo inasible, intransportable al aire libre. Pues si ese momento de la imagen es aquel de la intensidad, de la presencia, no es separable del movimiento por el cual vamos hacia él y que inaugura el poema, ni de aquel que, en los últimos versos, nos lo retira. Y por otra parte, antes de surgir, la imagen está ya sembrada -- retirada. El tiempo del comienzo, en efecto, es pronto el pasado, luego el futuro, o un verbo con valor de futuro:

Cuando todo dormía en la casa fiel...

o
Cuando tengamos
Playas dulces de tocar con la mirada...

o aún
Si encuentras una paloma torcaz...

Pero como el proyecto del deseo no es sino un pasado a reencontrar, el tiempo verdadero es aquel de un futuro de reminiscencia:

La estrella vendrá al jardín destruido...

Regresaremos cuerpo de ceniza o rosal...

Nos iremos un día hijos de la tierra...

Tiempo ambiguo, del que no se sabe demasiado lo que nos da, del que se sabe en todo caso que no nos da el presente, que borra la cesura de la imagen, impidiéndonos arrebatarla al fondo de estas aguas confundidas, a las cuales se abandonan, con delectación, nuestras manos.

*

Aquí, algo pasa, como lo prueban estas conjunciones de tiempo, de finalidad, de comparación, de suposición que abren tan frecuentemente el poema. Algo es anunciado, viene, luego se borra. Cada poema es por consiguiente un drama, pero el mismo, con esos dos movimientos, esos dos actos que mantienen la frágil construcción como en escuadra, con, en su cumbre, la imagen, a veces el OH interjectivo, inmóvil como el pájaro planeador. La partida de los hijos termina, tan pronto surge la estrella que ha guiado su marcha, para su repatriación en la tierra eternal. Explícita o no, la cláusula del poema, es siempre el tiempo inocente de las cosas. Drama, pero de una sola acción, de su solo personaje, de una sola verdad; no conoce ni voces antagonistas, ni colisiones, ni alternativas. En un sentido: drama sin tensión, pues lo que advendrá es conocido, ineluctable, los pasos están dados en los pasos, no puede haber sino repetición, jamás oscilación, jamás salida inesperada, no más negativa desesperada. La verdad que cada vez se revela, pero se reconoce, se sabe desde siempre, habla por la voz de una dulce, sonriente, muy melancólica sabiduría, que rinde el debate inútil y desalienta el impulso tanto como el grito. De Monsieur Bob`le á l`Emigré de Brisbane, la obra teatral, sacada de la misma fuente, no puede sino dar el cambio. Ciertamente, todo un pueblo ridículo y caprichoso se agita, tomado en situaciones imprevistas, de las que se puede creer que van a salir por puertas insospechadas. No son sino máscaras y adornos delante de la misma boca de verdad.
Boca tenebrosa... Cuál es entonces el secreto de su seducción, de dónde viene este destello de rocío, este tintineo de cristal, que cada uno reconoce, y este aire de una frescura siempre tan deliciosa? De dónde viene que tocando la tristeza del poema, la perdíamos en el poema? Es que las palabras renacen de sus cenizas. O más bien, no. Las palabras no dejan cenizas. Arden siempre a fuego lento, pequeñas pilas de pedernal sobre la línea del desierto, fieles, dulces veladoras en la noche de la habitación. Y nosotros vemos bien esta noche que ellas nos designan. Pero es a ellas que pertenece la verdadera presencia, la verdadera persistencia -- aquella de toda luz vista.

Poemas del nadador de un solo amor


I


El talle de las muchachas flotaba en el viento
El pájaro de ojo de perla no dejaba rastro
Era la época de los ángeles oh yo me acuerdo
La tierra feliz tenía al día y a la noche por hijos
La ausencia guardaba la sonrisa y la palabra
Todo brillaba de nada: la hierba y la lámpara
A excepción de un caballo erguido que montaba guardia
Y gritaba hacia mí:
Una vez no es costumbre salvo para la muerte
Oh yo me acuerdo

II

De noche a veces los santos me visitan
Pasan a través de los cristales como se ven afuera las plantas
Y yo los reconozco con sus caras de marionetas
Pues les gusta jugar con mi corazón
Dan un paso en la casa
Otro hacia un teatro de púrpura
Luego vuelven a ser lo que son
Es decir belleza invisible
- Unico testigo del milagro
Una muñeca olvidada por descuido
Los ojos cerrados como nadie delante de los sueños

III

En el espacio vacío y lleno como un anillo
Las rejas de la noche se abren sobre la muerte o los sueños
Esta noche en la llanura está la Mesopotamia y sus ventanas
La rosa se calienta en la lámpara como una hermana
Oh mira
Un velero con cabeza de león tira el ancla
Y siempre sobre la playa
Las grandes arrugas blancas del mar

IV

Aquellos que velan muy tarde la noche
En la absolución profunda de las tinieblas
Lejos de las lámparas calientes a los ojos
En el aire desnudo
Son los viajeros del porvenir
Y las estrellas tan bien lo saben que se detiene en sus ventanas
Dejando escaleras brillantes
Al alba cuando los cazadores hacen agujeros
En el silencio de los campos

V

Mi madre encendía las lámparas para alejar las sombras de nosotros
Ella contaba nuestra edad con los dedos cuando el reloj daba sus golpes
Mi madre hablaba del tiempo que pasa sonriendo
- Y los hombres que la seguían eran sus ángeles

Ahora que la luna está muerta Dónde están maravillosos pensamientos
Amor con dientes de almendras
Infancia que lloras sobre mis mejillas

VI

Ella se levantaba en la noche para mirar el Cristo
Tocaba el bronce de su herida para sanar
Y su cuerpo temblaba como jazmín

- Yo amo en la oscuridad la profundidad de tu sombra
Tú lloras tan dulcemente que tocándote uno muere (morimos)
Y nadie tiene las vírgenes de tus labios
Sino tu imagen

VII

Lees un libro más pesado que tus manos
En ese jardín quejumbroso en el que se divisa una tórtola
La sombra levanta vuelo con ella

VIII

Si y no:
Dos bastones
Uno se doblega
El otro se rompe
- Cuál ?

Así habla el sabio
Una vez entre dos
- Cuál ?

IX

Si nunca regresas a tierra natal
A pasos lentos como un caballo al cual la tarde acrecienta la fatiga
Oh ve a ese jardín
A encontrar la rosa desconocida
El crisantemo con melena de león
- Inmensas arañas vuelan con mariposas
Como en las fiebres de la infancia
Sonríe o llora pero nada temas
Es la sombra que se muere antes de ser noche clara

X

En el otoño rojo y amarillo como un tamiz a través de los árboles
Y la vanidad de un zafiro
Un cuervo con muletas predice desgracias

Soñando con la muchacha que pasa en el bosque
Igual a una fábula
Yo grito: Oh amor concédele larga vida

Pero el eco que viene de lejos y se pliega
Perdiendo las palabras retoma:
Amor amor sin vida

Como un juego de cartas

XI

La gran tristeza de un caballo se pasea en las nubes
Y tú en esta habitación
Sueñas sin palabras
La más tierna infancia de un viaje
Sobre el reino de los muros

XII

En el sueño de una niña
Hay la gracia y el misterio de una aguja
Y salido de un violín
Un joven cazador que la espía
- Ah cubran bien a esta niña que duerme
Pues ella está afuera
En los bigotes de la noche

lunes, 14 de julio de 2008

El mes de julio...


Julio.
Mes que el emperador Marco Aurelio le dedicó al emperador Cayo Julio Cesar. Julio es un nombre masculino de origen latino "Jules" el legendario hijo de Eneas descendiente de la familia Julia, una de las familias más emblemáticas de Troya. También se usa para llamar a los nacidos en el séptimo mes del año. Marco Aurelio le dedica este mes al Cesar, en conmemoración de los triunfos sobre las Galias, siendo además, el motivo de hacer perdurable su admiración por este emperador: inspirador de su gran proceso de expansión del imperio. Junto con el mes de Agosto, que fue dedicado al emperador Augusto, forma la dupla de meses consecutivos del año que fueran dedicados a emperadores romanos.

sábado, 7 de junio de 2008

Baudelaire y el arte...


Charles Baudelaire(1821-1867) “El poeta Maldito”, se encuentra precedido y profundamente signado por el ambiente post-romántico francés, cuya búsqueda y consolidación de una conciencia estética se debatía en la coexistente dualidad del idealismo-naturalismo, y que desembocara de manera apasionada en lo que se llamo”l’art pour l’art”. Aquel idealismo y aquel naturalismo, especialmente en los artistas literarios, al ser desbordado por la nueva concepción del arte por el arte, no se limitará a soñar mundos de fantasía sino que incluirá también la posibilidad de un realismo cruel. Baudelaire en su obra “Curiosidades estéticas” especialmente en los capítulos en los que aborda la crítica, el romanticismo, sus opiniones sobre Delacroix, el ideal y el modelo, de lo “chic” y de lo “poncif”, y en sus disertaciones sobre el artista moderno y ya en su propia obra poética “Los pequeños poemas en prosa” y sus traducciones de E.A. Poe, manifiesta de una manera pujante, su búsqueda de una estética nueva por lo que sin duda puede ser catalogado como el mejor crítico del arte de su siglo y el primer teórico de lo “moderno” convirtiéndose en el paradigma de todo el devenir del Arte desde el punto de vista estético conceptual crítico.

Arnold Hauser en su historia social de la literatura y el arte, al hablarnos de Baudeleaire y su libro “El arte romántico”, sus diarios íntimos y las cartas a su madre, establece un vínculo fundamental entre el poeta y el Romanticismo. Baudelarie, es desde luego y a través de su obra y su concepción del arte, una figura evidentemente romántica, más no en el sentido limitativo de una época o de una escuela sino en el sentido más amplio y verdadero. Aquí podríamos citar al Prof. Lorenzo Varela (Ensayo sobre baudelaire a razón de las Curiosidades Estéticas, edic. Jucar, España, 1988), quien nos dice que “si admitimos la existencia de clásicos y románticos a través de toda la historia del arte y literatura, si aceptamos que hay dos grandes líneas que se cruzan y confunden en un solo espíritu, Baudelaire, clásico por el rigor, por la desnudez, por su claridad de conciencia, por su capacidad analítica, es romántico por su instinto subversivo, por su desesperanza, por su inconformidad, por el carácter dinámico, vital, de su tristeza y de su fantasía, por su amor a los planos íntimos y novelescos de la vida y a los grandes horizontes de la aventura. Su casa es el dolor, su esperanza tiene forma de albatros o de viaje al infierno. No escribe epitalamios, ni loores a la virgen: el amor es un tributo a la ferocidad natural del hombre.”

En esta búsqueda incesante de Baudelaire por una nueva estética, predomina un profundo respeto a la persona moral de cualquiera: “no despreceis la sensibilidad de nadie: la sensibilidad de cada cual es su genio.”, nos decía el propio poeta, rompiendo así y sin compasión con el yo máscara, con la persona técnica, pues estas degradan y pervierten la sensibilidad. Una pintura ya no va a ser un organismo vivo sino algo más: una persona moral representada con sus ámbitos sensibles, sus zonas de inteligencia valederas y precipicios insalvables. En su soneto “correspondencias” Baudelaire nos habla de la conexión entre los diferentes sentidos que a través de una mecánica de correspondencias que evidencia su más honda conexión final con el misterioso centro y origen del universo.

Es difícil afirmar si este momento de la evolución del pensamiento estético era el extremo del romanticismo o más bien su superación. En síntesis, podemos afirmar en todo caso que Baudelaire, el poeta maldito, el creador de flores del mal, es como dijimos, el primer gran pensador de lo “moderno” en términos estéticos, instaurando en el mundo sensible, una revolución íntima y moral pero a su vez agresiva en donde los últimos extremos y el escándalo empiezan por ser una formalidad, donde los escandalizados aún sin haber comprendido el contenido de dicha postura, acusaron la confrontación de una estética ante la vida absolutamente opuesta a la de ellos. De ahí por ejemplo, el inmenso clamor que levantó la primera exposición de pintura impresionista.

No fue pues suficiente el Romanticismo para superar definitivamente el estancamiento estético en el que las academias sumieron al Arte. Hacía falta algo más que llevara al Arte hacia el horizonte la modernidad. He aquí entonces la apasionada postura de Baudalaire y de los poetas malditos cuyo esfuerzo hizo posible como paso decisivo de avance de los conceptos estéticos, el surgimiento del simbolismo literario encabezado por la figura del poeta Mallarmé, y del simbolismo como corriente artística en general y el de todas las futuras vanguardias del arte del siglo XX.

Las visiones extraordinarias de Elizabeth Schön... por Ruth Vidaurre


Al abrir este libro, vemos que allí, frente al mar, redondo origen de la vida, una poeta mira hacia el infinito invisible de la ola, que no rompe ni mella sus orillas de agua y de costa. Redondo su andar itinerante y toda ella, nos habló por última vez, de su finito viaje hacia lo infinito de su alma siempre fresca.

Escuchamos un rumor de resistencia que convence aún a pesar de las dudas, de su legítima decisión de prolongar su pasar hecho carne o hábitat de los espíritus, sin transarse con las fáciles salidas…un amor convertido en carga ante su insistencia por seguir amándonos en este hondo “Río Aquí” o en el reflejo de los cantos, y la escuchamos decir ya bajito, como imaginando que su voz sólo será escuchada por ella misma, ante la interrogante del destino de su madre muerta hace ya tanto: "¿qué dice ella?...aún no lo sé…la pobre dice…que limpia las letras y concluye en la inmensidad del ave que venció siempre. O, nos habla de sus días, algo dislocados en aquel momento: El día es una franja que aguarda a la noche para buscar su centro de inmortalidad”. Su dulzura inmensa, ante la reciente muerte de un querido amigo, le hace pedir a su madre: Dile al señor Vidaurre que agradecemos llevar esto: Su camino…y que en el pensamiento tenga un compañero, para terminar hablándole a su Dios, (ese siempre poeta de y en ella) sobre nuestros acercamientos: Por eso nos gusta acercarnos a él…como esa rosa incorregible.

Esta mujer asombrosa, que nos ofrendara sus visiones de sus viajes al mundo de las estrellas (antes de fundirse irreversiblemente a ellas), parece revivir para nosotros, arquetipalmente hablando, el mismo viaje ancestral fundado en las pirámides egipcias, y su fija mirada de Cúspide y Orión, con carga sagrada de inmortalidad y certeza de otros mundos: Ahora la recuerdo, yo estaba en esa tabla infinita, movible, en su centro, como si fuera otra estrella…recorrí todo su cuerpo…en cada extremo de la tabla…dos estrellas…tres estrellas en la inmensidad acogiendo lo infinito y haciéndolo nacer de manera permanente sobre la tierra, que es a su vez, un eslabón de estrellas, para finalmente abrirnos como una cascada, su propia vulnerabilidad: Veo a una mujer que también se oscurece si no ama al hombre…y a los hombres hay que amarlos

Rozando el filo de lo interminable nos dice: hablar de lo de dentro, no es hablar de lo de adentro…es renacer, para la única fecha de lo innombrable, y se define a sí misma en tan crucial momento de su vida, con estas palabras: Un poeta cae, se empapa y brilla…se confiesa comulgando con las estrellas…ya sabe que después no existirá. Estará despierto al unirse a las estrellas…como el grueso y amplio bronce imaginativo de lo visto.

Quisiera terminar este breve comentario sobre estas “Visiones Extraordinarias”, uniéndome en íntimo y amoroso rezo, sin el filo de una voz quebrada, a la propia boca de la poeta y pedir con ella: Dios!...no quiero lo que acaba…dame lo que permanece como el cielo…

martes, 3 de junio de 2008

El jardín místico de Ida Gramcko...por Elizabeth Schön


Si pensamos en la obra de Ida Gramcko lo primero que invade a la mente es la imagen de una montaña gigantesca poseedora de múltiples resonancias, aromas, árboles, cuya ondulada línea de la cresta se interna en la inmensidad hasta tocar lo invisible, ignoto del universo. De aquí la vastedad inquebrantable de su pálpito creador y los caminos innumerables que emergen de la lectura de tan inagotable fortaleza. El poeta Benito Raúl Losada la calificó de "Catedral inmensa". Juan Liscano se refirió a ella como "monstruo poeta". José Antonio Yépez la colocó más allá del horizonte donde se halla José Lezama Lima, y nuestro gran ensayista Mariano Picón-Salas la comparó con Sor Juana Inés de la Cruz. Además, la nombró como la “séptima musa de la poesía en los siglos de la tierra”. Ida es aquella artista inquebrantable, tenaz, que pudo convertir la vida en palabras; nos lo sugiere una frase de su "Poética": Existir. No vivir.

Retomando lo anterior, la palabra, el mejor acto existente, (en el buen sentido aristotélico) que logra detener por constitución de si misma, lo encaminado a perderse, a desaparecer transformándolo en un otro ademán de creación no apto para inclinarse ni para decaer frente a la temporalidad. Leamos unas líneas de "La vara mágica": La salvación es el viviente gesto que se alza de tu ser como una lluvia. Lo viviente, la lluvia, no son acaso elementos que se identifican en la metáfora, al ser ambos imprescindibles para el resurgimiento de la hoja, el ala, el corazón, la tierra, y "salvación" no es igualmente la palabra indicadora de un dinamismo capaz de retener para sí lo que en la tierra pareciera hundirse sin retornar más? Es increíble, asombroso, cómo este requerimiento de rescatar lo que perece para injertar a través de la palabra la consistencia de un existir no sujeto al olvido, a la desaparición, es decir recobrar lo abandonado totalmente para integrarle lo siempre anhelado por el hombre: la permanencia, lo eterno. En su obra se mantienen y amplían sus raíces, sus escondidos vericuetos tal vez nacidos desde el instante en que ella percibió el enlace entre el horizonte, la tierra, los cielos. Mediante un derroche metafórico de rigurosa síntesis en la honda intimidad de cuerpo y sangre de la escritura su lenguaje se avoca a una persistente movilidad entre lo que concluye y lo que surge. Así Ida nos lo transmite: estamos bien prendidos a una móvil bandada...


Además se forma de un materialismo poético, místico, que contiene en su estructura interior inaprensible de horizontalidad e igualmente de ascenso hacia las alturas, como hacia la cima de la montaña; a su vez esta forma se nos hace casi tocable mediante una ondulante y variada continuidad en su contacto al pie de la montaña. Insisto, su lenguaje es dueño completo de una forma siempre ágil, móvil, cuyos elementos de la imagen y la metáfora se engarzan unos a los otros; rompen a veces los límites propios de un motivo o de la metáfora, o bien se acercan entre sí y aún exclaman con dulzura, vigor, tejiendo todo ello presencias sucesivas casi carnales, pero lúcidas en sus hallazgos y en el ser y en el eco pródigo del combate por lo eterno y la certeza de lo que se destruye y se deshace. Por consiguiente se nos facilita repetir que su lenguaje lleva consigo una voluptuosa y exuberante plasticidad comparable a la de ese gran pintor, Pablo Picasso. Alfredo Silva Estrada, en el prologo de "Obras escogidas" de la misma Ida, nos dice: Un poema como Cantejondo, para dar nada más que un ejemplo sólo sería comparable a GUERNICA de Picasso y ello, sin que medie ninguna semejanza. Un castellano como el de Ida, recio, fecundo, ensartado silenciosamente en nuestra propia naturaleza (germen de su barroquismo) sería difícil de captar en otras lenguas, e incluso también lo sería entender y traducir un libro como Poética, densamente profundo, densamente infinito en su ilimitada cuenca de voluntad y decisión al elegir a la poesía en la unicidad plena del existir humano en el cosmos; y nos preguntamos entonces ¿habrá poetas que amen tanto la materia universal, el hombre, el absoluto, Dios, como lo hizo Ida? ¿Y habrá alguien capaz de ofrendar su vida para que ese absoluto, divino, eterno sea asequible al hombre, a la mujer, a los ancianos? Reflexionemos acerca de este párrafo: Murió el detalle, el tiempo, el calendario. Quedó la eternidad, quedó la esencia…

Ella fue una creadora excepcional para el mundo de nuestro tiempo y más para nosotros que le debemos tanto. La entraña poética de sus libros constituye un circulo abarcante, Todo es unión de cántico y caminos donde actúan y nos trascienden desde el espantapájaros, el maniquí, los ingredientes comestibles, la hoja muerta , los cuentos de hadas, hasta el salto ángel, el diablo, el cementerio judío, Caín, el esteta, el mendigo, el ángel, la eternidad, Dios.

De ti, mi Dios, yo no sé hablar y callo
con un silencio puro y sin reserva.
Pero antes de callar, tiende tu mano
el límite total para mi ofrenda
y toma en derredor lo que yo he creado,
tómalo en su dolor y en su impotencia.

Lo fundamental, base sustentadora del universo poético de Ida, son aquellos elementos o apoyos antes mencionados, los que a su vez forman parte intrínseca tanto del devenir de la materia (la muerte, la vida) como del desarrollo espiritual (el amor, la pasión, la justicia, la ambición). Oigamos a nuestra queridísima Ida: La ambición que alarga / un dedo enorme, enteco y sin salida / dejando el inmediato en la mordaza / para esquivar el trance y la caricia. Sin tales motivos, o puntales de su poesía, ¿Ida hubiera delineado, marcado con tan libre pasión y energía existencial, el tiempo de la fugacidad, el tiempo de la eternidad? Ella propone: Nada muere o se empaña / ni la unión como un rapto de betún…

Ella consiguió enlazar lo que muy pocos poetas alcanzan, lo pasajero con lo eterno. Escuchémosla. Es a ella a quien hay que oír:

Que emprendas tu muerte, que es tu aurora
el viaje azul al paraíso eterno
en donde un niño solitario toma
gajos de luz que no consume el tiempo.


Escuchemos estas otras frases: Toda cosa, en un rapto / se olvida de sí misma y se recuerda / después y eternamente en un vocablo / de amor que la dilata y la dispersa.

Todo perdura por una piel sin acuso. Oigamos una más: Eternidad da cuerpo a lo que nada / creyó sentirse; el alma se concreta / nunca se pierde ya lo que se inflama / su inmaterialidad es su materia. Y oigamos esta ultima frase de generoso y amplio sentimiento humano: cada quien ser eterno en su prestancia.

Si se hiciera un estudio minucioso de ese movimiento continuo de hacer suyo el devenir, lo sin límites y lo divino, no habría equívoco al decir que ese estudio la proclamaría como aquella poetisa capaz de injertar a su obra lo que tal vez ninguna otra realizó: la transfiguración de la vida en un existir donde lo eterno es el frontón primordial de su eje expresivo. Otros poetas han establecido lo eterno en un presente incesante. Me arriesgo a manifestar que tal vez ellos no hallaron en su más honda interioridad lo que Ida descubrió cuando se le acercó aquel ángel de “Poemas de una psicótica” y viéndolo intensamente encontró Ida lo máximo vivido por ella. Haz de luz que brotó de la simiente / reveladora o única fanega /divina espiga máxima y ferviente / tesoro que a lo más total nos llega. Escribimos esta tan definitiva exclamación del mismo libro: Oh! mi Absoluto Amado a quien descubro ahora sin que ninguna forma lo limite. Más adelante ella, respondiéndose a sí misma, confiesa: no puede ser igual amar en contacto- que en altura.

En la altura, el esplendor divino ilumina tanto que para ella desaparecen los límites. Siguiendo a Ida en su recorrido poético, diríamos que esa esplendorosa luminosidad que la hizo recibir con lo que nunca ha dejado de existir, Dios no contiene ni el mismo calor ni la misma amorosidad, ni el mismo semblante ni la misma capacidad de permanencia como aquella que provocó en Ida el contacto con el ángel; es decir con ese alguien nombrado solo ángel, en cuya mirada ella se apropió de "lo máximo murmura".

Nació poeta. La primera relación con el mundo empezó con el aire, la pared, la puerta, y un mar tan distante como la serranía de la llanura. Su primera frase poética se la transcribió su madre porque no conocía ni el alfabeto ni los números; pero estamos seguros de un suceso demasiado intimo de su voz: ya estaba invadida de un "algo" peculiar y totalmente diferente a su decir cotidiano de una niña de tres años. De esta manera, casi inadvertidamente, fue intervenida poco a poco por una inquieta pasión indetenible, inalterable que no la abandonó ni aún en su gravedad. El libro " Umbral", que ganó una mención honorífica, fue el primero en editarse; ella tenía apenas doce años. En el poema titulado "Amor" del mismo poemario, nos deja totalmente sorprendidos leer tan bella y significativa frase: Y el alma que se alarga como un cesto presintiendo el jardín.

No sé si, por intuitiva o vidente, esa metáfora fue el anuncio de cómo iba a desenvolverse su vida y, conjuntamente, la que habría de originar la estructura poética de una obra descomunalmente intensa y honda. Ida Gramcko, sin recursos grandilocuentes, ni efectistas, dejando ser a la soledad que las palabras llevan consigo, en esta caso la palabra jardín, instaura en lo más invisible de su forma metafórica un baluarte de audaz y recia naturaleza creadora de la que su alma transfigurada en "cesto" se tiende a buscar, a conocer los contornos mas íntimos de ese "jardín". Atenidos a la dirección o al rumbo de esa metáfora donde ella encaja ese centro "jardín" al que tenía que tenderse para encontrar Ese único es azul, máximo, puro. Significó en su escritura, marcar imperceptiblemente la horizontalidad de un horizonte con la posibilidad de recorrerlo hasta presentársele el Jardín o la "espiga máxima". Mas lo primordial es atisbar que ella desde tiempo atrás sospechaba de una peculiar e inmensa tierra de infinita luminosidad que comenzó siendo "jardín". Tal metáfora nos recuerda aquel gran místico de la poesía universal San Juan de la Cruz cuando dijo palabras precisas, exactas, que manifestarían sin recargo ni ampulosidad su estupefacción ante lo más desconocido de la revelación divina: Entreme donde no supe / Y quedeme no sabiendo. Mas lo importante y que se debe destacar es el hecho de que la revelación divina en ambos se presenta como un repentino amanecer. En Ida hay un "cesto" y un " jardín" en San Juan de la Cruz hay un "donde" y un "no sabiendo". Al observar estas modalidades expresivas, "el jardín" y un "donde", nos muestran una diferencia establecida a través de la materialidad significativa de esos conceptos. Cuando Ida pronunció "jardín" tenía apenas doce años. Cuando San Juan de la Cruz denunció "entreme donde no supe", el santo ya había asimilado el gran aporte creador del "Cantar de los cantares". Lo mismo le había ocurrido con la Biblia y aún más con lo que lleva implícito la religión cristiana. Actitudes que condujeron a ambos poetas a servirse de un vocabulario distinto en el significado material de los conceptos. En la metáfora de Ida, "cesto", "jardín" contienen una significación de conceptos distintos a los de San Juan de la Cruz al proclamar " Donde no supe". Aquí el "donde” y el "no supe" son carentes de toda materialidad figurativa, como sucede al nombrar "Jardín". En cambio, esta frase tan pequeña y hasta humilde "donde no supe", no posee dentro de sí la materialidad figurativa del "cesto".

Contemplamos un detalle de gran importancia creadora para la semejanza entre estos grandes poetas cuya raíces expresivas no se oponen las unas a las otras debido a la escogencia de sus palabras al mantener dentro de si la misma ansiedad, la sola necesidad que los llevó a internarse y a mirar esa totalidad divina. Esa totalidad en Ida se concretó desde el principio en la imagen del jardín. En san Juan de la Cruz se transparentó a través de un "donde" que no conocía, ni sospechaba lo que podía ser; tal cual se le mostró, dejándolo atónito, quedando él en un "no sabiendo". Hemos de agregar que, en Ida, ese "jardín", en sus libros "Lo máximo murmura", " Sol y soledades" y muchos más, fue adquiriendo múltiples metáforas contrastantes, mas nunca desechó esa esplendorosa divinidad dejada en su alma por el ángel. Otro aspecto sumamente interesante nos impulsa a desempolvar en "Sol y soledades", donde encontramos una frase que por si misma señala una distinción entre la postura mística de ella y la de los místicos españoles: "Amo la eternidad y quiero hacer la hora eterna pero no me acompañan".

En tan sencilla definición – “Pero no me acompañan” - ella crea una otra actitud o manera de alcanzar lo eterno completamente distinta a como procedieron San Juan de la Cruz, y aún Santa Teresa. Para vivir "lo máximo de esa espiga" o "jardín", Ida requiere de la compañía; es más, le urge que ese absoluto o eternidad renazca en ella cada vez y mediante el contacto con el ángel. Y aquí lo importante no es la entrega individual de su alma hacia Dios, conducta que inmediatamente la distingue de aquella otra predominante en San Juan de la Cruz y en Santa Teresa y que consiste que ellos van desde ellos mismos hacia dios es como un ir de las aguas del río hacia las inmensas aguas de los océanos. En Ida ocurre lo contrario, permanece dentro de ella y es ahí, dentro de sí misma, donde estalla mediante el vínculo con el ángel lo mas sorprendente para su vida: lo divino. Cuando San Juan de la Cruz proclama: “entreme donde no supe” sabemos que para entrar es indispensable ir hacia un sitio, en cambio Ida consigue lo absoluto mediante su vinculo visual con el ángel: tierra insustituible de la que emanaron los árboles, las arenas, los frutos, y hasta los ríos de su "jardín". Apreciemos más distinciones: San Juan va solo y entra solo en un "donde" y quedándose "no sabiendo". Ida halla de alguna manera diferente a ese "donde" aún a lo "no sabiendo" pero con una característica nueva: el ángel la ayuda. Lo que nos propone el nacimiento de un misticismo poético diverso del movimiento generativo que va de la mística española, donde lo primero en realizar los místicos es la entrega de su alma (San Juan de la cruz lo llama amar), hasta identificarse con Dios. A Ida la acompaña el ángel robusteciéndole de tal manera su individualidad que Ida jamás prescindirá de aquel instante del deslumbramiento y su permanencia dentro de ella. Por consiguiente entre el movimiento místico de san Juan de la Cruz y el de Ida la diferencia consistiría en que la línea “alta de cresta” de San Juan se moviliza hacia fuera, mientras que la suya abre la hendidura de aquel “donde” junto a la mirada del ángel. Nuestra genial poeta retuvo ese “jardín”, esa “espiga máxima” y ferviente dentro de su propio jardín hasta el último día de su vida. Su amor hacia lo absoluto es la gran ”espiga”, alumbrando constantemente y, a la vez, haciendo germinar el tiempo desde su infancia hasta siempre.

Eternidad. La curvada espalda
sigue en su comba, pero al fin, perfecta,
reconocida, indemne, necesaria,
en las citas de amor que da la esencia.

domingo, 1 de junio de 2008

Junio




Junio…mes dedicado a la Diosa Juno, la diosa protectora de la mujer, advocación también de la diosa madre, la impulsadora de los nacimientos y del matrimonio (lo vinculante como elemento multiplicador y fecundante). De acuerdo al poeta Ovidio, Juno es el símbolo del eterno devenir de la juventud en su aspecto femenino, a través del renacimiento constante de la vida. Para las mitologías Etruscas lo femenino y la niñez estaban absolutamente unidos en la figura de Yuno, Dios que contenía los aspectos femeninos y masculinos de manera indiferenciada en la niñez, simbolizando la eterna juventud...

domingo, 11 de mayo de 2008

Vicente Huidobro...el pequeño dios

" En el principio, la palabra dio origen al padre. Un fantasma nada más existía en el principio; el padre tocó una ilusión, asió algo misterioso. Nada existía. Por medio de un sueño nuestro padre Nai-mu-ena ( el que es o tiene un sueño ) guardó el espejismo de su cuerpo, reflexionó durante largo tiempo y meditó profundamente. Nada existía, ni siquiera una estaca para sujetar la visión; nuestro padre amarró la ilusión al hilo de un sueño y la mantuvo con ayuda de su aliento. Se sumergió hasta llegar al fondo de la apariencia, pero no había nada. Nada existía. El padre miró de nuevo el fondo del misterio. Ató la ilusión vacía al hilo del sueño, la sostuvo como si fuera un copo de algodón. Luego agarró el fondo del espejismo y lo pisó repetidamente, y finalmente se sentó sobre su tierra soñada "


Mito de la creación del mundo
de los indios uitotos de Colombia.




Del poemario ADAN (1916)

EL CAOS

Silencio. Noche de las noches. Ausencia
De todo vigor, noche honda y oscura. Inercia
Preñada de futuras fuerzas,
Anhelos y deseos incompletos,
Creaciones en embrión frustradas,
Truncos intentos,
Ansias comprimidas y guardadas.
Revolución de gérmenes,
Anuncios de simientes.

Nebulosa sin mundos,
Instante sin presente,
Anhelante mirada hacia el futuro,
Ansias expectantes en espera.

Fuerza en donde no hay fuerza,
Tiempo donde aún el tiempo no comienza,
Silencio que va a ser resonancia,
Instante que será, y sin ser hoy tiene mañana,
Momento que va a empezar,
Onda que aún no es campanada
Porque falta la fuerza que hace el aire vibrar.

Eter que va a ser luz cuando tiemble y ondule,
Neblina que camina a condensarse,
Que será sólida cuando a sí misma se fecunde,
Cuando en revoluciones logre compenetrarse.

Caos, vientre que no es,
Hinchado de preñeces que serán.
! Comience el despuntar de mundo invisibles
Que los soles y los astros formarán!

Surjan y vibren las grandes energías
Que duermen sin dormir en su neblina.

VICENTE HUIDOBRO.


Este joven poeta, Vicente huidobro (1893-1948), con el poema CAOS del poemario ADAN, irrumpe en la modernidad con el ímpetu que caracterizó al fenómeno de la ruptura vivencial y conceptual que los artistas y filósofos de principios de siglo propusieron como mecanismo de purificación, de renovación, de cambio. Estos procesos de vanguardias precedidos por las revelaciones estéticas de Schopenhauer, los conceptos sobre la temporalidad y el vitalismo de Proust y Bergson, así como la trascendencia que tuvo para el arte " la intuición como expresión " en Croce y " los sueños y el inconsciente en el arte " en Sigmund Freud, desembocarán, (en el campo específico de la literatura) en la crisis del "YO" literario, en la desintegración del YO, y el surgimiento de la poesía objetiva.

"Así pues, el poeta es verdaderamente ladrón de fuego...El poeta deberá hacer oler, palpar, escuchar sus invenciones; si lo que trae de allá abajo tiene forma, él da la forma ; si es informe, él da lo informe. Encontrar una lengua...Esta lengua será del alma para el alma, resumiéndolo todo, perfumes, sonidos, colores, el pensamiento aferrándose al pensamiento, extrayendo...Enormidad deviniendo forma, absorbida por todos, el poeta será verdaderamente un multiplicador de progreso", decía Rimbaud en las Cartas del vidente como el profeta de los mares arrebatados, de las quemazones subterraneas, del planeta arrastrado, como el redentor de aquellas maravillosas "correspondencias" anunciadas por Baudelaire, haciendo surgir una nueva poesía en el esplendor de la pureza original de la palabra.

En contraposición a la embriaguez de todos los sentidos que planteara Rimbaud, cuando apareció el Libro de las imágenes (1906) de Rilke, surge también la estética de la mirada. Para Rilke, el poeta deberá entregarse a transformar en palabras su visión del mundo y, sobre todo, "las cosas", olvidándose de sus sentires personales.

...! Oh vieja maldición de los poetas
que se quejan cuando deben decir;
que siempre opinan sobre sus sentires
en lugar de formarlos y suponen
que lo que en ellos es triste o gozoso
sabrían y pondrían en poemas
llorarlo o festejarlo ! Como enfermos
convierten en lamento su lenguaje
para decir donde les duele, en vez
de transformarse, duros, en palabras,
como el cantero de una catedral
se transforma en la calma de la piedra


Rilke
de Réquiem para un poeta.


Por su parte, Paul Valery (1871-1945) nos decía que "nuestra época no tiene lenguaje. No nos atrevemos a confesarlo. Entonces , unos usan el lenguaje de pastiche ( procedente de combinaciones prestadas a los tres siglos precedentes ); los demás hablan como el primer hombre y hablan para ellos solos."

De estas grandes revoluciones del lenguaje y de la expresión; de este retorno a las fuerzas primordiales de la creación que se gestan en la imaginación del hombre y toda la riqueza de su afectividad irracional, surgirán las corrientes de vanguardia, (el Fauvismo, el cubismo, el futurismo, el surrealismo, el creacionismo etc.) que ya no permitirán la simple imitación de lo que los ojos ven en la naturaleza, sino el despliegue de los mundos mentales del hombre hacia planos nuevos de conciencia, del tiempo y del espacio, hacia nuevas formas y nuevos lenguajes.

Con los ojos cerrados o abiertos, allí, en medio de esa agitación hacia lo primordial, encontramos a Vicente Huidobro, sentado al borde de sus ojos para asistir a la entrada de las imágenes. Pero para realmente entenderlo y acercarnos a él, debemos quitar una enorme cantidad de obstáculos que nos impiden una pura visión de su mundo en permanente despligue. Nuestros ojos, no quieren mirar lo que encuentra cualquier persona que intenta un acercamiento a la obra de Huidobro. No vamos a redundar en las prolongadas disputas sobre la paternidad del Creacionismo, sus enfrentamientos con los manifiestos surrealistas, ni sus duelos verbales con Neruda y otros poetas de su generación. Vamos a leer a Huidobro, Vamos a tratar de sumergirnos en su visión, en el fluir de lo que se va creando por la fuerza de su palabra.


Del poemario EL ESPEJO DE AGUA (1916)
ARTE POETICA

Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.

Inventa nuevos mundos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios
El músculo cuelga,
Como recuerdo en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerzas;
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.

Por qué cantáis a la rosa, !oh poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el sol.

El poeta es un pequeño Dios.

Huidobro sabe que estamos asistiendo a un nuevo ciclo, que el lenguaje convencional, el lugar común, los clichés han muerto, o por lo menos son apenas un recuerdo. Sabe que sólo, para nosotros viven las cosas bajo el sol, pero que nuestra mirada las recrea. Cuanto miren los ojos creado sea. Por el vigor de la mente, por la fuerza de la palabra Surgirán nuevos mundos; el poeta es un pequeño Dios.

El mundo se me entra por los ojos
Se me entra por las manos se me entra por los pies
Me entra por la boca y se me sale
En insectos celestes o nubes de palabras por los poros


Más allá de las disputas terrenas, cuando Huidobro habla del creacionismo, sólo está ratificando que el poeta es un creador. No se trata de una teoría sino de una verdad. El poeta es un materializador. Se trata del acto mismo de la creación. Entre todas las acciones o actos que permitan llevar a cabo la creación ( Modelar, tejer, Plantar, Tallar etc.) Hay una que predomina por sobre todas las demás : La palabra, el verbo.

La palabra y su especialísima correspondencia con el mundo en el sentido de que es ella quien le atribuye su estructura, hace que esa palabra tenga un poder que va más allá de la simple función descriptiva : el mundo como texto de una manifestación que trasciende al hombre. La palabra pues se encuentra entre el acto y el pensamiento que no puede ser expresado en palabras. Es por la palabra que nos parecemos a Dios.

El poeta inventa mundos nuevos, pero en ese acto creador debe cuidar su palabra. A través de ella debe dar vida, no muerte. El adjetivo, lo superfluo , lo repetitivo provoca la muerte.


Altazor desconfía de la palabras
Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedras
Presintiendo el abismo a cada paso

Más no temas que mi lenguaje es otro
No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
Ni descolgar banderas de los pechos


La palabra que nos hunde, la palabra que nos levanta. El creador muere para que surja lo creado. El poeta cae por su palabra para que su palabra nos levante.

Poeta he ahí tu paracaidas, maravilloso como el imán del abismo
Mago, he ahí tu paracaidas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.

Cae
Cae eternamente
Cae al fondo del infinito
Cae al fondo del tiempo
Cae al fondo de ti mismo
Cae lo más bajo que se pueda caer


El poeta como creador toca fondo. Cae dentro de sí mismo, fuera de sí mismo. Mientras más alto caiga, más alto será el rebote, más larga su duración en la memoria de la piedra. Pero quién lo liberará ?

Saltaremos del vientre de nuestras madres o del borde de una estrella por la gracia y la pureza de la palabra primera, la palabra pura, porque la palabra también es una virgen o una rosa que habla una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.


Eres tú tú el ángel caído
La caída eterna sobre la muerte
La caída sin fin de muerte en muerte
Embruja el universo con tu voz
Aférrate a tu voz embrujador del mundo
Cantando como un ciego perdido en la eternidad

Liberación !oh si liberación de todo
De la propia memoria que nos posee
De las profundas víceras que saben lo que saben
A causa de estas heridas que nos atan al fondo
Y nos quiebran los gritos de las alas

La magia y el ensueño liman los barrotes
La poesía llora en la punta del alma


La palabra que otorga la vida y la muerte, que aparece lo invisible y desaparece lo visible. El poeta nos pronuncia, el poeta nos embruja mediante un encantamiento que nos da la vida. EL POETA CANTA. La palabra cuando es palabra sagrada, infunde vida. El mundo es sostenido por un canto sobrenatural.


Siglos que se balancean en mi canto
Que agonizan en mi voz
Porque mi voz es solo canto y sólo puede salir en canto
La cuna de mi lengua nació en el vacío
Anterior a los tiempos
Y guarda eternamente el ritmo primero
El ritmo que hace nacer los mundos
Soy la voz del hombre que resuena en los cielos

Quiero darte una música de espíritu
Música mía de esta cítara plantada en mi cuerpo
Música que hace pensar en el crecimiento de los árboles

Tanta exaltación para arrastrar los cielos a la tierra

viernes, 9 de mayo de 2008

Alfredo Silva Estrada: Saláh Stétié y las ambigüedades del sentido...


Salah Stétié- poeta, ensayista, filósofo crítico de las artes y de las letras, nacido en Beirut en 1929- ilumina con palabras de fuego y esperanza las tinieblas de nuestro mundo trágico, esforzándose, desde el misterio de un origen unificador, en sorprender y profundizar las confluencias del pensamiento oriental y del occidental. Así, en sus ensayos, escritos con la misma sustancia de su poesía o como una emanación radiante de ésta, no debe asombrarnos encontrar hermanados, por ejemplo, a Novalis y al poeta persa Djelal Eddine el-Roumi, elevando sus himnos con el mismo fervor de una noche esencial. Porque la noche -fondo, subsuelo, raíz del sentido- guarda en su seno el relámpago fundador de la palabra poética, a la vez luminosa y oscura.

Hölderlin es otra de las imprescindibles referencias occidentales de Stétié. Recordando el habitar poético del hombre sobre esta tierra de que nos habla el poeta del Azul adorable (“por la poesía/ hace el hombre de esta tierra su morada”), Stétié nos informa que en la lengua árabe verso se dice bayt (casa). Cada verso en el poema árabe está asimilado a una casa: es morada de las palabras que conforman el sentido. Pero – tal es el deseo del poeta- la palabra no debe hacernos olvidar que proviene de una ola de las profundidades, no hay que sentirla abrigada por el bayt ni protegida por los muros de ninguna morada. Para el poeta de la Inversión del árbol y del silencio que ha visto en la poesía nuestra salvación, la palabra “debe permanecer libre de todo muro y de toda piedra, guardar imperativamente su fluidez, conservar su naturaleza primera y primitiva de elemento: gracias a lo cual nos es respiración y aliento”.

Un hombre como Salah Stétié, que ha fundido su existencia con su escritura (respiración y aliento) sin que una sea sucedánea de la otra, al hallarse en una situación límite (algunos días antes de someterse a una grave intervención quirúrgica que pondría en peligro su vida) se plantea, tal vez nunca antes tan explícitamente, ciertas preguntas esenciales acerca de lo que ha constituido y, no obstante las penosas circunstancias, sigue constituyendo su elección vital, y su razón de ser: ¿Por qué la poesía? ¿Qué representa el poema ante el universo: “ese nido de maravillas, ese nido de víboras”? ¿Qué peso tiene cada poema ante la búsqueda de un sentido compartido, frente a la lengua plural y nuestra, frente a la muerte que es ya mía, la intransferible y, sin embargo, la de todos?

La poesía que ha entrañado para este poeta sabio indagación rigurosa, apasionada e incesante, situado alguna vez “En el umbral de la belleza de los muertos”... “En el umbral del origen”, afirma ahora con dolor: “Reconocer la poesía es, extrañamente, comenzar por desconfiar de ella, abstenerse de conocerla, al menos hasta no haberla experimentado en las balanzas interiores por lo que ella misma es.” Curiosa experiencia, praxis tanteante que precede a todo conocimiento teórico. La poesía se le torna entonces “una totalidad opaca con posible vocación de transparencia”...

Y las interrogaciones subyacen: ¿podrá la poesía legitimar la muerte, así como ha justificado una vida? Las palabras ¿son portadoras de realidad o, más allá de la realidad y por encima del juego semántico, son portadoras de verdad? ¿En qué coyuntura poética coinciden realidad y verdad? ¿Dónde está la autenticidad de la poesía? ¿Cuál es su verdad esquiva que sentimos adentro, encarnándose, y que nos seduce y atormenta?

Ante la amenaza de la muerte, muy cercana, aquella que a lo lejos se emparentó con “la perfectibilidad de los astros”, el poeta osa interrogarse e interrogar a su lector bajo asertos conflictivos: ¿La poesía no será acaso, en el juego de espejos que las palabras traman, más que ilusión, perspectiva tan deslumbrante como falsa, abriéndose al final sobre el vacío?

Salah Stétié nos pone a girar vertiginosamente alrededor de estas interrogantes en su libro Lo Prohibido, publicado en marzo de 1993, con esta afirmación casi al comienzo de sus inquietantes reflexiones: “La poesía, la humilde poesía, vacila en el umbral de todas las respuestas posibles.” Contradictoriamente, más adelante nos dice: “En cierta forma, la poesía es respuesta a una pregunta que no fue planteada o, lo que sería más exacto, a una pregunta que lleva consigo su respuesta y que ella deposita, como el mar a un testigo de leño sobre la playa de lo ya resuelto.” Las contradicciones que podemos encontrar en estas líneas reflejan, sin duda, las contradicciones mismas de la existencia en su relación con la complejidad del acto poético: complejidad que no contradice, en forma alguna, la simplicidad de la revelación fulgurante e instantánea.


A todo lo largo de estas líneas de Lo prohibido que bordean continuamente límites misteriosos, se entrelazan las deslizadas paradojas: “el poema es un habitual / inhabitual, un habitáculo desertado pero no vacío, más bien estaría colmado de no sabemos cuál plenitud. Plenitud que parece no estar justificada por nada objetivo. Plenitud injustificada y, no obstante, soberbiamente justa.”

En la gestación poética y en sus mutaciones, en ese dominio improbable donde el primer contacto del poeta con su poema es de orden corporal, táctil, “ciegos dedos contra ciego cuerpo”, donde hay que avanzar a tientas, con los dedos abiertos y tensos, con precauciones y prudencias para no romper los frágiles hilos de las relaciones aún nacientes, donde es preciso “tener un ojo en la punta de cada dedo para tantear la sombra”, tropezamos con todo un cúmulo de paradojas. Por ejemplo: “¿Podríamos esperar apresar desde el afuera alguna apariencia del adentro?”. La pregunta encierra su respuesta, porque sabemos por nuestra experiencia que, poéticamente hablando, no hay afuera ni adentro, “siendo el uno la expresión invertida del otro en una proyección simbólica.”

En el agolpamiento de sus espejos – insiste Stétié – “la poesía acumula paradoja sobre paradoja.” Suele mostrársenos como privada de sentido, fiel a su impulso original, a su ola de fondo oscuro, a su fuerza a la vez densa y ligera que precede al sentido. Lo que es la figura novaliana se sitúa en ese lugar intermedio entre lo nocturno que precede al sentido con vocación solar y el otro sentido que continuará esquivándose.

Esa mostración primigenia y a la vez velada de la poesía es lo que Stétié llama “ternura de la palabra poética”, llena de irisaciones y reflejos: “confusión clara... como el desorden de un jardín.” El autor de un admirable texto acerca de los jardines del Islam (Firdaws, 1984), no podía dejar de evocar a su venerado Georges Schéhadé:

Hay jardines que ya no tienen ninguna región
Y que están solos con el agua
Unas palomas los atraviesan azules y sin nidos

Pero la luna es un cristal de dicha
Y el niño se acuerda de una gran desorden claro

Bellas palabras de un poeta amado al que recurre Stétié, como en una oración, cuando, aun afrontando lo terrible, se atreve a acercarnos a una ternura de la palabra en claroscuro:

“Ese desorden, he aquí que poco a poco, por la claridad que asombrosamente emana de él, cede el lugar al orden, no sabemos a ciencia cierta a cuál orden tembloroso, progresiva condensación de la luz difusa, baño original del sentido... Primavera del sentido, pequeñita primavera del sentido, todavía enturbiada de lluvia y de bruma, a la manera de la madrugada.”


Un año después de la publicación de Lo prohibido, Salah Stétié publica, en junio de 1994, el poemario La tierra con el olvido. Al ofrecerme un ejemplar, con cierta timidez, me dijo: “Estos son los poemas de una vida”. Una vida, se entiende, que comienza a encarar la vejez con un excepcional coraje corporal incorporado al poema y una lucidez inusitada. Aquí, lo que podría ser sólo dolor y nostalgia se torna hallazgo de lenguaje y revelación constelada, revelación de cuerpo humano y cosmos: “Oh cuerpo nunca perdido bajo tantas noches / portador en ti de un incendio de estrella.” Y la ausencia misma, la quemadura de la ausencia tiene al final la frescura de una renunciación:

Hay un rocío que cae
Nada hay: la tierra con el olvido


En mi versión de estos poemas, como en mis anteriores de este poeta difícil y espléndido, no he perdido de vista lo que nos comenta acerca de su escritura ese otro gran visionario, el poeta sirio–libanés Adonis. Nos dice Adonis que el arte de nuestro amigo está hondamente enraizado en la caligrafía islámica, renovándola: poesía de arabescos que es, a la vez, música y geometría. “Rítmica liberada que no persigue ningún objeto externo, sino su propio desarrollo, su propia dinámica espacial y lineal. El ritmo puede ser tan pronto esta curva, esta ruptura, este cruce; tan pronto helo aquí analogía, intercambio, similitud. Es así como el cosmos, aprisionando la materia, libera de ésta solamente lo que es energía y significación. Así, con Salah Stétié, el mundo deviene, en su totalidad, admirable barandal de la palabra.”

Confieso que cuando vierto un poema de Stétié a nuestro idioma – placentera tarea emprendida hace ya más de un decenio– me asusta tener presente lo que nos señala Adonis: “Stétié escribe en francés con un lenguaje árabe”...

En los poemas de La tierra con el olvido, me parece que los arabescos, contradicciones y preciosas extensiones de la producción anterior del poeta, han cedido el paso al íntimo desgarramiento existencial del sentido. A veces, sereno desgarramiento. Lleno, en todo caso, de esa “claridad maravillosamente entenebrada” por todo aquello que fatalmente se esconde en la palabra. Porque el sentido, para que lo dicho se mantenga en la palpitación de su origen, nos es retirado por el ofrecimiento mismo del poema.

Alfredo Silva Estrada


I


He aquí, rosa de fuego en la quemadura,
Aquello que al fuego da su frutecer
Cuando el agua está allí, hija de la casa,
Y cuando esta en vigilia con el fuego de la quemadura
Sobre el techo y la larga palma de las nubes
Encendida por la sangre
Por encima del afluente del olvido

sábado, 3 de mayo de 2008

Probando el tiempo...del poeta Aladar Temeshy


Entre ser y estar / para llegar hasta la forma / viaje interminable /
entre rango de colores / y distancias de los vientos / indefinida realidad /
de aguas y letras / en la abertura incolora / de las arenas lentas /
entre ser y estar / terminando el tiempo...



Entre ser y estar -para probar el tiempo- yo abro este viaje con los pies descalzos y ver desde afuera lo de adentro, entendiendo entonces lo de afuera. Pisar la tierra con los pies descalzos, el último despojo sin nada que me impida el contacto directo con el barro (tierra y lágrima), hacia la noche abierta para no mirar la puerta que se cierra, puerta de la casa conquistada a través de una mirada intensa hacia el afuera del tiempo, justo entre las sombras del muro. Y me pregunto leyendo estos poemas ¿dónde pertenece la vida?.

Si probamos el tiempo diríamos que él es el “tiempo de la vida”, la “duración de la vida”, fuerza de vida o fuente de vitalidad. Pero la vida, como dice el poeta, no será vivida en el muro, en la pared, sólo habitamos el tiempo para ser y estar en una dualidad sin límite, alteridad impenetrable donde sólo nos es permitido ver la huella de Dios.

Entiendo entonces que la vida es algo más que mi propia vida y que el tiempo es también algo más que el tiempo de esa mi vida. De ahí la Eternidad. Sin embargo, la voz oscura y femenina de la noche abierta, me susurra que sólo somos eternos en nuestro querer: tibio tejido de apertura eterna de lágrimas y cuentos, la pertenencia negada, el sin lugar en todos los lugares...aquí mi eternidad.

Y vuelvo a ser, más allá del tiempo o con el tiempo al final del tiempo (que puede ser la noche), para estar y no pasar a través de la palabra; como una vivencia interna de aquel otro tiempo ajeno a la presencia de las cosas. Y me digo: yo soy. Mas el poeta ante esa afirmación le pregunta a Dios ¿por qué no hay lugar para nosotros, aquí donde hemos nacido, por qué sólo la tristeza del mar que no es sitio sino el fin de todos los sitios?. Y al útero del tiempo -que ahora puede ser también la madre-, le pregunta igualmente ¿cómo medir el instante tan sólo con los recuerdos rotos o con el olvido de nuestro propio ser?

Pero ante la “verdad vivida” no puede haber preguntas. No hay antes ni después, porque el tiempo es la imagen móvil de la Eternidad, la edad del cielo entero, el eterno presente, (la Presencia está siempre presente), y en la santidad de este para-siempre-ahora, sólo está la lluvia como llanto del cielo, mezclándose con la tierra, para volver a formar barro.

Sigo leyendo y me olvido del antes, del ahora, del después, del instante, y vuelvo a inquirir sobre la vida para que el tiempo no sea más el tiempo de afuera, sino el tiempo vivido, el tiempo esperado, el tiempo soñado. Ya ser y estar no son suficientes para explicar la vida, porque el ser y el estar nos rebasan. Y el poeta, de un cabo al otro de su vida, encuentra la raíz de la existencia en la memoria, en el recuerdo rosado de una tarde en la Roma imaginada o soñada, memoria abarcada desde el aire, y luego dibujada en pálidas cartas marinas. Apenas iluminado por el ámbar, escribe cartas sin fecha, evocadoras de los viajes sin sur y sin norte, de mares y de estrellas infinitas, de libros alejandrinos y versos hechos de bosques altos y la brisa que nos aguarda en el patio de la casa con sus pequeñas flores. Ciudades, amores nunca comprendidos. Un mundo compartido con el otro en el recuerdo que ya no tiene otro sonido que el sonido de los sueños porque el mundo es lo vivido: Sólo vida interminable, en el secreto sonido de la desintegración, de barro y ceniza. El mundo es lo que vimos tú y yo.

Abrimos el tiempo para ir hacia el origen, para volver. Recorrer el tiempo en desandada y en final de este viaje a la inversa, preguntar dónde está la realidad de la existencia vivida. Nos acoge entonces el extremo más lejano de la existencia donde recobraremos la esencia de la vida, con sus paredes blancas, blancas de años, con palabras blancas, soledad blanca: la muerte que también es una rosa blanca

Y es ahí donde el barro se volverá piedra. Pondremos entonces nuestra cara sobre la piedra, para verla por dentro, más allá de la forma, de la materia, volverse uno mismo piedra: Estar piedra adentro, dentro de uno mismo, para conocer el verbo. Entiendo entonces que sólo soy huésped de mi propia vida, de esa vida buscada. Sin mañana y sin ayer, sólo las manos para palpar la piedra, para prender las piras, para sajar el tiempo y escribir la palabra de Dios sobre el secreto de la vida y de la muerte.

Pero el final del viaje es el principio, porque el poeta nos llevará siempre más allá de la distancia, para que los que regresan nos traigan finalmente nuestra rosa. Ángel caído en caída lenta donde la existencia no es real, sólo el ámbar y la lámpara, para apagar las luces de la casa, cerrar las puertas, las ventanas y volver por el alargado jardín a la noche sin tiempo, donde con seguridad está el amor para susurrarle a la vida en el oído: “estoy lleno de ti, de miel y muerte, de mar ebrio... de plenitud sin fondo...sin palabras, cantándote sin voz con las bocas secas de dolor y de dicha, sin claridad estelar. Lleno de juego, de magia interminable, de luz lacerante...niño eterno, feliz... lleno de ti.”